facultad de contar
Cano, más allá de los estereotipos
Guillermo Zuluaga Ceballos

 

 


   

El día en que lo iban a matar, el Director llegó muy inquieto a la sede del periódico. 

-¿Para dónde va Colombia?- le habló a Teresa, su secretaria. ¡Adónde hemos llegado!

Guillermo Cano se veía acongojado. Y no por temor a sus enemigos: acababa de enterarse que una pareja de esposos, cercana a su familia, había sido asesinada por el propio hijo. 

Y aunque el asunto de la muerte de sus dos amigos lo tuvo muy pensativo desde ese mediodía, horas después, la vida (o la muerte) demostraría que a él lo rodeaban problemas más complicados.

De esta y muchas otras vivencias está compuesto Tinta Indeleble, Guillermo Cano vida y obra, recorrido vital acerca de quien es considerado el mejor periodista del siglo XX en Colombia. 

En 650 páginas está contenido un perfil biográfico, dos ensayos valorativos: uno sobre su vida como cronista y reportero (quizá la mayor fortaleza de la obra) y otro como editorialista. El libro contiene además 56 crónicas y 46 editoriales, acompañado de fotografías y  trazos que complementan el perfil de este periodista.

La tinta indeleble empieza a derramarse desde las laderas verde pera de San Pedro, pueblo lechero al norte de Antioquia, de donde salió el patriarca de los Cano y fundador de El Espectador y va impregnando la Bogotá de principios de siglo XX, donde la familia se instala. Allí, promediando “los maravillosos años veinte”, nace Guillermo, nieto de don Fidel Cano y quien en menos de dos décadas empezará a escribir páginas imprescindibles en la historia del periodismo colombiano. 

Un Churro apasionado

En diciembre del 43, recién terminó su bachillerato en el Gimnasio Moderno, donde se destacó en Historia y “le criticaron la letra pero le reconocieron el interés por el deporte”, su padre Gabriel Cano lo presentó ante los reporteros y cronistas de El Espectador: 
“Enséñenle lo que ustedes ya saben. Y que se meta al barro recogiendo noticias, buscando chivas, no importa qué tan desagradables sean. Y que se unte de tinta, aprendiendo a armar páginas del periódico, a leer al revés. Y no lo elogien, regáñenlo”. 

Sin  importar que fuera hijo del Director y miembro de la familia propietaria, el joven Guillermo Cano estuvo en el frio sótano del periódico entre chibaletes y linotipos. Prontamente sin embargo, llegó a la sala de redacción, y el 27 de junio del 1944 publicó su primera nota: “Templando y mandando” bajo el seudónimo de “Conchito” en honor a la torera Conchita Cintrón.

De esta forma, como lo reseña Carlos Mario Correa, Cano ingresaba “al ruedo periodístico de El Espectador, decidido a jugarse la piel apostándose de cara a la puerta de los sustos de la crónica taurina”. Y lo logró. Tanto así que en marzo de 1947, sólo tres años después, ascendió a Secretario de Redacción y Dirección.
 
Mientras el país se incendiaba en guerras partidistas, el joven reportero Cano escribió sobre deportes, toros, asuntos cotidianos de la Bogotá de mediados de siglo. Pero poco a poco el rumbo de los acontecimientos, entre otros un relevo generacional que se veía venir, fue llevándolo hacia la Dirección del periódico, la misma que asumió el 17 de septiembre de 1952, cuando tenía 27 años. 

Guillermo Cano fue un hombre apasionado.  Apasionado  por los tangos, los viajes, la fiesta brava, la bohemia. Pero quizá la mayo pasión fue el fútbol. Desde joven en el Gimnasio Modern lo practicó. Se hizo hincha del Independiente Santafé, al cual le tuvo fe santa hasta el último día de su vida.
Y gracias al fútbol conoció la otra pasión de su vida: Ana María Busquets. A esta descendiente de catalanes la conoció cuando a finales de los años 40, en “Dienorme” (parodia de la Dimayor) torneo de amigos participó como delantero de Los Churros, y donde ella era la madrina del equipo El Nogal.

La misma con quien se casaría el 6 de abril de 1953, y con quien compartiría 33 años de matrimonio. Valga decir que humano demasiado humano, la vida de Guillermo Cano fue una mezcla donde convivían la alegría y la tragedia: El 21 de marzo de 1953 en horas de la tarde estaba feliz en su fiesta de despedida de soltero organizada por los compañeros del periódico; más tarde lo inundaría la tristeza, tras la muerte de sus entrañables colegas Gustavo Wills Ricaurte, Álvaro Umaña Forero y Álvaro Pachón de La Torre, quienes acababan de salir de la fiesta. 

Tinta indeleble muestra que si bien para el joven Cano su vida familiar sería muy importante nunca pudo sustraerse al Periodismo.

Sus viajes familiares siempre fueron excelente disculpa para escribir y el país siempre estaba presente. De hecho, en su viaje de Luna de miel, cuando regresaba se topó con la noticia del Golpe de Estado del 13 de junio y así, destacando su afición al cine, narró aquella jornada en que Colombia tuvo tres presidentes:

“Panamá, 8am: Urdaneta Arbeláez; Barranquilla, 4pm.: Laureano Gómez; Bogotá, 10pm: Rojas Pinilla”. 

Como lo destaca Jorge Cardona, en la obra,  su regreso fue “una especie de cine tripresidencial encadenando los hechos de Colombia”.

En Estambul, su libro autobiográfico, Orhan Pamuk decía que cuando quería escribir sobre Estambul terminaba escribiendo sobre él, y cuando quería escribir sobre él terminaba haciéndolo de Estambul.

Quizá le ocurriera lo mismo a Jorge Cardona: cuando quería escribir sobre Guillermo Cano lo hacía sobre El Espectador, y cuando quería escribir sobre El Espectador, terminaba por hacerlo de Cano. Ambos historias se entrelazaban, eran una sola:

Cano llevaba a casa los asuntos del periódico: desde allí por largas horas llamaba a sus editores a preguntar por la marcha, y cuando se iba al periódico se llevaba sus hijos que hacía delicias entre salas de redacción y salones de máquinas.

“Viajar es un placer”

“Escoja a la entrada del teatro dos solteronas. Estas le harán pasar el rato más agradable de su vida. Mirando a uno y a otro lado, entrarán al teatro. Escogerán dos sillones en la mitad de la sala. Sus sombreros  son casi siempre estrafalarios, altos de grandes plumas. Acomodadas en sus sillones se dedicarán, mientras la luz está encendida, a mirar hacia todos los rincones…

-Allí está fulanita con fulanito…
-El viejo verde de la última fila me siguió el otro día por la calle…
-¡Mirá qué feo vestido el de aquella  jovencita pretenciosa¡..
-Aquel joven es muy simpático…Sonríele…”. 

 



Cuesta creer pero el texto fue escrito por Guillermo Cano, el 10 de junio de 1946. Es la faceta menos conocida de Cano y el gran acierto de esta obra: mostrar al Cano reportero; quien fuera capaz de poner a tambalear con su Libreta de Apuntes a los poderosos de Colombia tenía la misma capacidad y sensibilidad para escribir sobre asuntos cotidianos, como una asistencia a un teatro, o contar desde afuera la Conferencia Panamericana de 1948; el mismo que tuvo el ingenio para contar “quiénes fuman y porqué”; explicar “cómo se extermina la pulga y la rata”; el mismo que para hablar de subidas de precios, no se quedaba con los despachos oficiales: “ya, ni por muchos que pongan las gallinas bajarán los huevos a cinco centavos”,  tituló entonces. 

“Guillermo Cano era un periodista de temas cotidianos, con vibración, porque lo llevaba en la sangre, en el corazón y  en la extremidades” sentencia Carlos Mario Correa, coautor de la obra. “Es que él vivía sintonizado con la vibración de lo humano y de su entorno”. 

 Como “Conchito” desde mediados de los años cuarenta, habló de toros, de toreros;  de la cotidianidad de las plazas; trazó perfiles. En los sesentas se apasionó a la hípica; en los setentas contó sobre los Juegos Olímpicos de Múnich a los que asistió y muy “Analítico” habló de los Mundiales de fútbol que siguió con gran pasión y estuvo pendiente siempre de enviar los despachos al periódico.

Valga señalar los excelentes títulos que resumían ingenio e ironía como “gentilezas de Gentile”, para recordar al hombre de marca dura contra las piernas de Maradona en el mundial de España 82, y el “que se besen, que se besen”, sobre el polémico empate entre Alemania  y Australia que los pasaría a ambos a la siguiente ronda.

Cano consideraba que “viajar es un placer” y muchas de sus crónicas eran de sus viajes por el mundo en jet, en concorde, en vapores por el Nilo, o cruzando el Canal de Panamá. 

Su periodismo, según Correa, fue “lo que vio, palpó, sintió, tocó”. E inclusive lo que predijo. Porque como buen periodista preveía. Cano predijo desde Alemania la jornada sangrienta del septiembre Negro, y desde España vaticinó que a Colombia le retirarían la sede del Mundial del 86. 

Además, veía el periodismo como una disciplina que no se podía hacer desde las salas de redacción. Así lo decía y así lo vivía. Añoraba los viajes, la reporterìa: “quisiera tener poderes para colgarme de una turbina y volar, volar con el amigo  y con el comandante a otros mundos y a otros horizontes; y sentarme a su lado en un café, con una copa de vino, y charlar de cosas de este mundo y del otro”, le escribió a mediados de los años setentas a su amigo piloto, Chester Alfonso Calvo. 

Guillermo Cano, el cronista y reportero, según Correa, universalizó lo cotidiano y cotidianizó lo universal.  Valoró en sus textos lo cercano: el fútbol, la familia, los toros, Bogotá. La muerte: 

“Recuerdo ahora que cuando cumplí los siete años dijeron que yo había llegado al uso de la razón. Y la razón me dijo entonces  -y que me perdonen quienes crean en otras razones-que mi madre era la razón de mi vida. 
Y sentí miedo. ¡Fue una sensación inaguantable!”  

Libreta de apuntes

La tercera parte del libro es la parte más conocida de Cano. El hombre combativo, el que no tenía medias tintas para referirse a la situación del país. El hombre que desde su Libreta de Apuntes, desde 1979 señaló los problemas de Colombia y fue implacable contra la corrupción, la violencia y, cómo no, el narcotráfico. 

En su Libreta la emprendió contra Turbay Ayala y su gobierno fue calificado de “siniestro cuatrienio de terror”, pues no aceptó nunca el Estatuto de Seguridad Nacional. Se opuso a las reelecciones de Carlos Lleras –el mismo que defendiera al periódico en los tiempos de la Dictadura- y la de López.

Peleó con Jaime Michelsen Uribe y su grupo Grancolombiano, quien, además,  apoyaba a Turbay,  y a López en su proyecto de reelección. 

Y en su Libreta apuntó su apoyo decidido a Luis Carlos Galán y el proceso de paz de Belisario Betancur a quien consideraba “un buen presidente bueno”. Guillermo Cano, pese a dirigir un periódico de tradición liberal, fue uno de los artífices del derrumbe del Liberalismo en 1982.
 
“Su Libreta de Apuntes no fue una columna convencional”,  aclara Mariluz Vallejo. “Era un cruce ente opinión y narración, lo más parecido a una ensayo acronicado o a una crónica  ensayística dividida en tres o cuatro actos…cada domingo sorprendía al lector por los cambios de tema: pasaba del escándalo del momento  a un recuerdo de juventud, a una apasionada reseña literaria, a un divertimento en clave de sátira sobre un político de sus desafectos o traía a colación una entrevista polémica”. 

Tinta indeleble completa pues la imagen de Guillermo Cano en tanto reportero y redunda en cuanto periodista de opinión. Lo muestra integral: en lo humano, como reportero, cronista formado desde los talleres hasta la Dirección, camino que resume una verdadera escuela de periodismo. 

Tinta indeleble es un capítulo que hacía falta en la historia del periodismo colombiano. O mejor dicho, de la Historia del siglo XX colombiana en tanto  no puede entenderse la historia política y administrativa del país sino se tiene la del periodismo y viceversa. 

Este libro tiene muchos aciertos: además del contexto que brinda, es un recorrido por los nombres más granados del periodismo colombiano.

Al lado de Guillermo Cano van surgiendo en las páginas nombres como los de Próspero Morales Padilla, Eduardo Zalamea, Luis Eduardo Nieto Caballero, Gabriel García Márquez,  Alberto Galindo, Álvaro Pachón, Mike Forero, Carlos Arturo Rueda; nombres que quizá las nuevas generaciones en sus afanes no distingan pero que una obra como ésta preservará del olvido.

Para lograrlo, se gastaron nueve meses de trabajo intenso. La  gestación de una creatura con todos sus inconvenientes y sus alegrías. No fue fácil armar esta historia cuando mucha parte de la obra de El Espectador  se quemó y en las bibliotecas –por lo poco que hemos valorado nuestra historia- faltaban páginas completas.

Tampoco fue fácil hacerlo, pues Cano era un hombre muy reservado que no gustaba de fiestas ni de alardes y muchos asuntos de su vida se fueron con él o su familia prefiere seguir guardándolos  con celo. 

Sin embargo, este reto de construir un perfil de Guillermo Cano dejó satisfacciones en sus autores. 

“Fue gratificante desvelar esa relación padre-hijo entre Gabriel y Guillermo Cano: mientras el primero era amigo de Lleras Restrepo, su hijo era antirreleccionista. Sin embargo fueron capaces de manejar esa tensión”, comenta Jorge Cardona. 

Tensiones que no se supieron como muchos otros asuntos. Ejemplo el padecimiento de diabetes que acompañó los últimos años a Cano y su insulinodependencia. 

En los años sesentas, Guillermo Cano pudo enrolarse al Miami Herald pero se quedó porque, como le contestó a su padre, su deber “era resistir en Colombia al lado de los suyos”. 

Sería lo mismo que le contestó a su hijo Fernando, quien ante las amenazas del narcotráfico le preguntó si acaso se iba a hacer matar: 
-El periodismo tiene que estar con las víctimas-le contestó. ¿Quién va a defender entonces a estos jueces que están matando? 

Y en su defensa murió, porque quisieron acallar su voz. Sin embargo, sus ideas y su obra  siguen y seguirán cobrando espacio porque la Tinta con que fueron escritas tiene carácter Indeleble. 

Fotos por: Bunkerglo




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