Entre tarde y nochehistorias / crónicas

Entre tarde y noche

El Frente Carlos Alirio Buitrago, del Ejército de Liberación Nacional(ELN) fue uno de los principales actores del conflicto armado colombiano. Los medios de comunicación nos acostumbraron a su nombre debido a sus constantes acciones bélicas. ¿Pero qué hay detrás de este nombre que se convirtió casi en un mito? Todo comenzó entre una tarde y noche en el oriente antioqueño.
 

Textos y fotografías Juan Alberto Gómez
   

I

Doña Herlinda Ramírez removía las brasas del fogón empujando por la boca dispuesta en "u", chorros de viento puntuales y certeros. Su rostro parpadeaba en la oscuridad de la cocina alumbrado con los fulgores amarillos que derramaban los tizones. A esta hora, en que las sombras terminan de invadir el día detrás de las montañas, el murmullo de los montes libera su acento nocturno y se funde con las voces que revolotean por la casa. Algunos hablan del partido de fútbol que acaban de jugar en el potrero y otros embisten la cena compuesta de fríjoles con sardinas enlatadas que doña Herlinda sirve con rutinaria habilidad. Los sucesos de la semana inquietaban un poco, pero no alteraban los movimientos cotidianos de la señora, los cinco niños y cinco jóvenes que bullían por la casa de tablones y techo de zinc bajo el resplandor de las lámparas de petróleo.

  

Entre tarde y noche

 
La casa replicaba el diseño común en la región. Un ancho pasillo central que hacía las veces de sala con habitaciones a los lados. Estaba toda cubierta de zinc y le hacían sombra las ramas de los guanábanos, acacias y madroños para atenuar el ímpetu de los rayos solares. Aparte se levantaba la cocina.

Alirio Buitrago comía de pie inclinado sobre la mesa cuando los vio llegar. Brotaron de la penumbra del potrero donde la luz de los candiles apenas podía rozar sus ropas oscuras. Eran cuatro hombres. Se detuvieron en la cerca. Alirio dejó la cena y se acercó a ellos. Todos en la casa se silenciaron para observar la inesperada visita. Uno de los hombres preguntó, en tono mandón, por don Manuel Buitrago. Alirio, disimulando la turbación, dijo que su papá no demoraba "pero si él les podía servir, con mucho gusto" que "bien puedan aguardarlo mientras se tomaban una limonadita…" Los hombres parecían apurados pero decidieron esperar porque, dijeron, "necesitamos hablar con todos"; se sostuvieron detrás de la cerca sentados en varios troncos. Alirio les preparó la limonada mientras un espeso silencio, acentuado por el rumor de los grillos y los cocuyos y por los ingenuos ruiditos de los niños más pequeños, envolvía la casa. La paciencia de los hombres duró unos cinco o seis minutos, justo el tiempo para beber de un golpe la limonada y tomar repentina conciencia de la molesta tardanza. Sabían que labores como las suyas deben ejecutarse rápido para evitar el riesgo de ablandarse. Ordenaron a los varones salir un momento para "hablar unas cosas" con ellos. Carlos, Alirio y Fabián Buitrago, Marcos Marín y Gildardo Ramírez enfilaron hacia la cerca; Jorge y Gabriel Buitrago los seguían; pero el que hablaba los detuvo: "Ustedes no; los niños se quedan". Doña Herlinda vio a los cinco muchachos sumergirse en la noche; los niños se arracimaron junto a ella en la cocina y sólo alcanzaron a desanudar unas cuantas palabras de incertidumbre y de miedo, cuando estalló el traqueteo. Descargas apretadas, como cascadas de rocas cayendo sobre un lecho de hojalata, anegaron el aire. Doña Herlinda dilató los ojos sin respirar. Volvió en sí con los últimos disparos, aferró a sus hijos más pequeños y corrió con los demás por la cañada arriba buscando el monte.

II

Después de caminar durante dos días por el monte en el que atravesaron el rugiente río Samaná y pasaron la noche en el puente de la quebrada Serranías, los tres colonizadores exploraron la montaña, vieron las palmas de Tagua que anunciaban la tierra buena y la encontraron propicia para establecerse. El sol señalaba que habían pasado las tres de la tarde. Comenzaron por aprontar palmas de Milpeso y cortar palos para levantar un cobertizo antes del anochecer. Cuando amarraron los últimos bejucos, la noche ya había disuelto todos los verdes. Hablaron poco, ya nublados por el cansancio, y se tumbaron en sus lechos de costales.

Al amanecer, la algarabía de millares de pájaros hinchaba la selva de sonidos. Manuel Buitrago se percató de los paujiles que, con su canto de pujos, se acercaban a la choza. En el momento que lo deseara, podría derribar alguno para comer. Bastaba con terciarse la escopeta y caminar por el monte para traer cafuchas, conejos, gurres…Por la noche las tagualeras se llenaban de guaguas que venían a alimentarse con su fruto de marfil; cuando el roedor sentía la presencia del extraño pegaba un salto, el cazador lo escuchaba, enfocaba la linterna en esa dirección y ahí estaba la guagua: petrificada como esperando el disparo, reflejando dos anillos de luz en sus ojos nictálopes.
 

Entre tarde y noche

 
Durante muchos días la dieta se compuso de aguapanela y carne. Un día hallaron la desembocadura del Río Claro en el río Cocorná y pese a tener los ojos acostumbrados a las quebradas y ríos que abundan en esa región del oriente de Antioquia, se quedaron deslumbrados ante el copioso encuentro que formaba un charco de más de cien metros. Nubes de peces se deslizaban en el agua luminosa. Cardúmenes de pataló y doradas agitaban la superficie con sus saltos. Manuel Buitrago vio la ocasión para pescar y no encontró carnada, entonces se le ocurrió ensayar con un trozo del tabaco que Luis Enrique Zuluaga le entregó: sacó cuatro doradas, que sumaban unas seis libras, valiéndose de un anzuelo de tres centímetros y una cuerda de ochenta hasta que un pez demasiado grande cargó con cuerda, anzuelo y tabaco. Desde esa mañana, agregaron pescado a su alimentación.

En medio de tan denso bosque, la vida encarnaba en incontables formas; incluso en zancudos, avispas, gusanos venenosos y serpientes. Por eso los colonizadores de estas tierras iban curtiendo la piel con soles y punzadas hasta templarla para apretar sus músculos tensos. Podían reptar por la tierra áspera de ponzoñas o rasgar veloces el tupido rastrojo. Eran auténticos continuadores del impulso humano por conquistar nuevas tierras y cuya gesta más prominente en Colombia, después de la conquista española, sucedió a mediados del siglo diecinueve cuando familias antioqueñas se diseminaron al sur por lo que hoy es Caldas, Risaralda, Quindío, norte del Valle y norte del Tolima. Y en el oriente, cuando el río grande de la Magdalena seducía por su incesante fluir de mercancías, se encaminaron en pos de él, personas del municipio de Granada. En una de sus travesías fundaron el municipio de San Luis. Ahora, en el octubre lluvioso de 1954, Manuel Buitrago, su hermano Horacio y Luis Enrique Zuluaga consumaban un ritual aprendido de los padres y abuelos. Salieron desde San Luis para tomar, durante más de una jornada, el camino antiguo que llegaba hasta el río Magdalena y después se desviaron para internarse en el monte; con hachas y rulas abrieron pequeños claros, también llamados mejoras, para encerrar el terreno del que ya se sentían dueños. 

Con el paso de los días, la choza se hacía más firme y el claro alrededor suyo más ancho. Herlinda Ramírez, quien aguardaba en San Luis con Gustavo, su primogénito recién nacido, acompañó unas semanas después a su esposo Manuel Buitrago para seguir disponiendo el sitio donde vivirían. Lo mismo hizo Horacio Buitrago con su esposa. Luis Enrique Zuluaga prefirió irse; su espíritu inquieto nació para amar la tierra nueva pero no para envejecer con ella. Alcanzó, sin embargo, a participar de la sesión espontánea que tuvo lugar en el rancho de Manuel. A la hora de la siesta, en que la digestión invita al sueño, conversaban en tono reposado sobre el nombre que llevaría el paraje. No les tomó mucho tiempo porque no encontraron un hecho significativo que irrumpiera y se pusiera en medio imponiendo alguno, como suele ocurrir. Los campesinos eligen nombres de lugares que tienen para ellos una referencia especial por ser ya conocidos. Tal vez ese gesto guarde alguna íntima simetría con el de los españoles cuando bautizaron a sus colonias con los mismos nombres de su añorada España; tal vez en ese gesto se encuentre el deseo de hacer menos hostil, más familiar y, por lo mismo, más suyo el nuevo lugar que ocupan. Por eso cuando Manuel propuso que se llamara Santa Rita, los demás vieron que era bueno y lo llamaron: Santa Rita.

Entre tarde y noche
 

III

Más de dos millones de personas recibieron al Papa la mañana de ese 22 de agosto de 1968 en Bogotá sede del trigésimo noveno Congreso Eucarístico Internacional. El aeropuerto El Dorado parecía la inmensa fuente de un cauce humano que se extendía por la ruta de la comitiva papal hasta la Plaza de Bolívar. Cinco mil sacerdotes se agitaron emocionados en la Basílica y en su fervor colectivo malograron la calle de honor que con tanto esmero habían custodiado los agentes de la policía. El vicario de cristo caminaba en medio de tal efervescencia con una sonrisa nerviosa; los religiosos querían tocarlo, mirarlo, hablarle. Los periódicos coincidieron en calificar la escena de "histeria colectiva", y de poner incluso en serio riesgo la integridad física de su santidad. Se trataba de la primera visita de un sumo Pontífice a América.

Ya en la tarde, a las 4:40 minutos, Pablo VI entró al campo eucarístico sobre un campero blanco escoltado por un Mercedes Benz oliva y cuatro detectives a pie envuelto en las ovaciones que le prodigaban más de 700 mil personas. "¡Viva el Papa!", "¡Viva Pablo VI!" "¡Viva Cristo!", y el corear de tantas voces se esparcía resonante. Estaba pronta a comenzar la ceremonia en la que se consagrarían, por primera vez ante un papa en suelo americano durante la larga historia de la iglesia católica, 40 diáconos y 158 presbíteros. El Santo Padre se dirigió al templete y la banda de guerra de la escuela militar entonó el himno pontificio y el himno nacional, luego se inició la celebración con el acto penitenciario.

Entre las 198 figuras vestidas con hábitos blancos y estolas doradas se alzaba la de un hombre de 35 años, semblante afable, a pesar de mantener la expresión severa de la trascendental ocasión, quien se disponía a recibir la ordenación presbiteral. Su carisma, su temperamento fogoso y su locuacidad, lo habían llevado a recorrer un fulgurante pero intenso camino político hasta alcanzar la investidura de diputado. Hijo del más rancio conservatismo de las montañas antioqueñas de una familia de 22 hermanos, ingresó a la escuela de derecho de la Universidad Pontificia Bolivariana donde se graduó en el año de 1962. Después de pasar por la Asamblea de Antioquia, ingresó al seminario de vocaciones tardías de La Ceja en ese mismo año de 1962 con el "no disimulado e inconfesable deseo de ser obispo" según declaró 19 años más Tarde. En el seminario recibió el influjo de la renovación eclesiástica iniciada por el Concilio Vaticano II que se esforzó por retornar a la iglesia liberadora del pecado y cercana a los pobres y oprimidos. Se nutrió del vigor teológico que estaba experimentando la Iglesia Latinoamericana con publicaciones de teólogos que discutían a la luz del evangelio y la situación social del continente sobre el compromiso cristiano en el mundo. Desde su tribuna del seminario, fue espectador y polemista apasionado del ciclo que recorrió el padre Camilo Torres y que culminó con su muerte trágica en Patio Cemento el 15 de febrero de 1966, cuatro meses después de haberse vinculado a la guerrilla. Lo expulsaron del seminario por reprochar con firmeza la opulencia de los ministros de Dios, enfrente de un auditorio donde se encontraban varios obispos. Fue acogido por la diócesis de Barrancabermeja y finalizó sus estudios en la Universidad Javeriana de Bogotá.

Ahora, para marcar un punto y aparte en ese trasiego vital, se encontraba allí, en medio de las pompas rituales, enfrente del máximo jerarca de la iglesia católica, que representaba una de las más altas expresiones del cambio de la iglesia con su encíclica Populorum Progresio, esperando el llamado para recibir la unción. Sobre las seis de la tarde se escuchó una voz clara y sonora que oyeron las setecientas mil personas congregadas alrededor del templete y varios millones de televidentes en todo el mundo: "¡Bernardo López Arroyabe!". El exdiputado, ya vestido con la estola presbiteral y la casulla que anunciaban el nuevo rango, se puso delante del Sumo Pontífice quien le ungió las palmas de las manos diciéndole: "Nuestro señor Jesucristo a quien el padre ungió con el Espíritu Santo y con poder te conserve para santificación del pueblo cristiano y para ofrecer a Dios el sacrificio" 

Entre tarde y noche

IV

Al pie del documento aparecían las firmas de 34 sacerdotes y del obispo de Buenaventura Gerardo Valencia con fecha del 13 de diciembre de 1968. Otros 15 habían decidido omitir su nombre. Declinaba uno de los más estrepitosos años de la década con hechos tan emblemáticos como la manifestación de mayo en París, la masacre de la plaza de Tatelolco en México y la invasión de los tanques rusos a la capital Checa, en lo que se conoció como La Primavera de Praga". Y, por supuesto, la Conferencia Episcopal de Medellín. El escrito se conoció como Golconda conservando así el nombre de la finca donde se habían reunido, en julio de ese mismo año, 60 sacerdotes para reflexionar sobre la encíclica Populorum Progressio. Esta vez, una pequeña isla, al frente del puerto del Pacífico, acogió a los clérigos durante los tres días de deliberaciones. Apenas se conoció el texto del documento, el escozor se destiló en chorros de tinta sobre los periódicos que lo tildaron de "subversivo", de "incitador de la violencia"; y al movimiento de sacerdotes que lo redactó como "insurrección de sotanas" o "revuelta clerical". Hasta los colombianos más desapercibidos llegaba el eco de las imprecaciones en las que vibraban palabras como "curas rebeldes", "curas rojos", "curas comunistas" e, incluso, "curas guerrilleros".

Golconda constituía un fiel representante del espíritu renovador de su década. En los años sesenta se intentaron cristalizar muchos sueños que volaban por el aire como pompas de jabón. Los jóvenes los cogían en vuelo y les lanzaban cuerdas para atarlos a puntales firmes. Los más románticos, al observar en tierra la ligera burbuja salpicada de la mugre ideológica, disecada dentro de una urna en la que brillaban los nuevos rótulos que prometían la verdad, se alejaron hacia los aposentos místicos. Los que habían sido arrastrados por la moda y su espaciosa juventud, ocuparon tibios sillones burocráticos convencidos de que "el universo marcha como debiera". Y quienes creían mantener el cable a tierra y encontraron posible la imaginación al poder, se entregaron a la minuciosa labor de mantener la belleza volátil de la utopía mediante audaces gestos políticos que exigían la transformación del hombre y por consiguiente de las "estructuras dominantes".

A Latinoamérica ese nuevo aire la encontró al borde de la asfixia y le dio el respiro suficiente para oxigenar el cerebro y urdir, al menos en él, un mundo más justo. Las frases que hoy parecen oxidadas por el desgaste de la costumbre y que ante la idolatría del éxito, adquieren una arbitraria y automática asociación con la derrota, sonaban reveladoras: los ricos cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres, la opresión de la oligarquías, el hambre de los suburbios…La institución eclesiástica en medio de esa situación comenzó a ser interpelada con dureza. Para muchos católicos y sacerdotes la actitud complaciente de la iglesia con el poder y su énfasis en la trascendencia del hombre al costo de un resignado sufrimiento en la tierra, no era consecuente con los evangelios. El Concilio Vaticano II se empeñó en reconducir el rumbo de los pastores para ofrecer respuestas al rebaño. Luego la encíclica Populorum progressio del papa Pablo VI y la conferencia del episcopado latinoamericano en agosto del 68 acometieron de frente los nuevos interrogantes promoviendo la opción preferencial por los pobres y denunciando la "violencia institucionalizada".

Las ideas y las líneas de acción ya estaban consignadas en el papel. Sólo que la acción siempre exige métodos y se enfrenta a múltiples circunstancias que la signan de equívocos y revisiones. Y esas grietas empezaron a absorber conceptos prestados del lenguaje político, pero, lo más impensable para la época en clérigos católicos, un lenguaje revolucionario. La iglesia misma puso en marcha una rueda que fue adquiriendo dinamismo vertiginoso y que se transformó en un ciclón de razonamientos a primera vista irreconciliables como la actitud científica para entender los problemas sociales tomando categorías del pensamiento marxista y la fe en el reino de los cielos. Se buscó restituir la figura salvadora de Jesús redescubriendo su faz revolucionaria, las reflexiones alrededor de una nueva iglesia dispuesta a abrirle cauces a los pobres empezó a tomar forma ideal con lo que se denominó la teología de la liberación. Por eso los grupos de sacerdotes como Golconda quisieron restaurar el compromiso cristiano con este mundo como parte de la búsqueda incesante de la perfección para trascender al otro.

Golconda no fue un suceso aislado. Y aunque la firmeza del tono que sostiene el documento aturdió al país, conservaba, en esencia, el eco de las conclusiones a las que llegó la conferencia de Medellín. El amor eficaz al prójimo en busca de su liberación del pecado y su promoción como persona digna implicó contrariar al poder en muchas ocasiones.

De esa manera, con la agitación del momento y, sobre todo, con el gesto de Camilo Torres adensándose sobre el caluroso recinto de Buenaventura, los curas de Golconda fijaron sus convicciones pastorales con las que emprendieron su fragoroso camino. Cuando Bernardo López Arroyabe se vinculó, no fue el menos entusiasta de sus integrantes; en su carácter fogoso, las ideas crecían robustas y alegres y adquirían matices definidos. No era un hombre entregado a la duda y la vacilación, fluía con la práctica, la puesta en marcha y la acción.

V

Ramón Isaza y su hermano Toño tocaban sus guitarras. Había concluido otra tarde de fiesta en la vereda Santa Rita. El dúo rasgaba las cuerdas y con los cuellos estirados dejaban salir las frases largas de los cantos populares; Historias trágicas donde el sentimiento se derrama con efusiones primarias o juegos zalameros de palabras de la fecunda picardía campesina. Hombres que se hunden en el licor agobiados por la burladora de su amor. "¡ay, ay, ay, aaaaaaaaaay!, ¡dónde andaraaaaaaaaan!, esos ojitos que me hicieron suspirar!". De pronto el ritmo cambiaba y el golpe de cuerda se volvía fuerte, continuo y juguetón. "¡prenda la vela! ¿¡en dónde está!?, ¡está en la mesa!, ¡ya voy paallá!". El aguardiente se tragaba con gestos y gruñidos ostentosos y el aliento anisado se expandía por la casa.

Contrario a las cuerdas y a las voces, la charla no destemplaba; eran muchas las madejas de los dos colonos para tejer historias. Estos montes marcaban sobre los días trazos imborrables para pintar la memoria. Por eso Manuel y Ramón eran capaces de poblar la noche de mapanás y verrugosos que sucumbieron a sus machetes, de venados alcanzados por sus escopetas, de jaguares que destellan entre los verdes con el oro de sus pieles y dantas que los desafían, de ríos crecidos y de ciclos lunares, de muanes y de guacas; eran capaces, en suma, de otorgarle a las palabras una dignidad épica en un lenguaje de fina plasticidad silvestre, aprovechando su caudal expresivo siempre suficiente, aunque le hagan cabriolas a la gramática, para transmitir la riqueza de su realidad esférica y sonora.

La fiesta se divulgaba por correos eficaces. "Hay pachanga en Santa Rita", decía un arriero a todo el que se encontrara por el camino y se detenía el tiempo que le permitieran las mulas para agregar pormenores fabulosos. El rumor se regaba por las veredas de El Oro, El Delirio, La Arabia, Hoyo Rico y Río Claro. De la Estación Cocorná, corregimiento del municipio de Puerto Triunfo, llegaba el aguardiente bamboleándose a lomo de mula. El día de la jarana, los campesinos aparecían sobre sus bestias y el patio de la escuela, lugar de la celebración, emanaba un olor agrio a enjalmas sudadas por tanto animal humeante. En el partido de rigor que desataba la bulla, Alirio Buitrago se apropiaba del arco y en la delantera estaba su hermano Carlos integrando el equipo de fútbol de su vereda. La gente se aglomeraba en torno a la cancha para ver el juego. Al rato, en la escuela, una vieja grabadora Sylver raspaba el aire con guascas, carrileras, vallenatos y rancheras entre las risas, los cuentos y los bailes.

Cuando las siluetas de Ramón y Toño Isaza se divisaban por el camino de Río Claro, venía con ellos la música de la pachanga. A veces, terminada la fiesta, llegaban como ahora hasta la casa de Manuel en plan de rematar lo que bien se inició. Y a sentarse en el corredor a mecer recuerdos. Doña Herlinda, los muchachos y los niños entraban y salían de la escena alumbrada por llamas decrépitas en que los viejos anudaban historias y entonaban canciones. Luego, el sueño se los iba robando y desaparecían del escenario. Al final se imponía el sostenido rumor de los grillos y las ranas sobre el tumulto de las respiraciones alargadas.

Santa Rita se había acostumbrado a ser anfitrión de populosos encuentros. Su integración y labor en equipo despertaba el interés en las veredas cercanas. Si un vecino necesitaba echar una roza, es decir, tumbar monte o rastrojeras, para sembrar maíz o yuca, todos los varones de la vereda en edad de trabajar llegaban en romería y al poco tiempo, entre un reverbero de destellos metálicos y tintinear de rulas, la roza estaba lista. Si otro vecino caía enfermo, reunían dinero para las medicinas y el mercado de la semana. Tal organización se originaba en una figura impulsada por la iglesia católica: La comunidad cristiana de base, una agrupación solidaria para cultivar y practicar los valores cristianos.

En la comunidad cristiana de base se estudiaba, por ejemplo, la Biblia. Pero se leía desde la mirada del pobre. El padre o el catequista compartía un pasaje bíblico en una reunión, luego cada uno, desde su situación y experiencia personal, escribía o expresaba su significado. Se trataban entonces de establecer las acciones y compromisos cristianos que se desprendían del análisis. Otra manera de abordar el texto bíblico partía del planteamiento de un hecho o situación cercana a los asistentes; el siguiente paso se daba cuando acudían a los pasajes del libro sagrado que permitieran iluminar el problema. El cristiano, en últimas, estaba llamado a buscar la liberación del pecado. La miseria provocada por la injusticia como incumplimiento del mandato de amor al prójimo, también se consideró pecado; entonces, el concepto de liberación extendió sus alcances; liberarse del pecado y de toda forma de esclavitud era uno y lo mismo. Sin embargo, la delicada trama del manto entre lo temporal y lo trascendente que abrigaba las esperanzas celestiales y terrestres de los hombres no siempre era tan fácil de tejer. Por eso, en el cómo, en la manera de conquistar los ideales de amor al prójimo y la liberación se chocaban percepciones distintas del mundo.

Entre tarde y noche

De Santa Rita salían campesinos hacia la Estación Cocorná para capacitarse en áreas como primeros auxilios, confecciones y cooperativismo. En la vereda se formaron algunos comités encargados de la salud, el deporte, la vivienda y la educación. El mercado se compraba al por mayor en Puerto Boyacá con los fondos comunes de la cooperativa y de ahí se abastecían los campesinos a precios mucho más bajos que en la Estación. Toda actividad iba acompañada de un estudio constante sobre la necesidad del cambio para el nacimiento del nuevo hombre libre de la miseria. La parroquia de la Estación Cocorná coordinaba todo el proceso. Allí tres misioneras y un sacerdote prodigaban energía inagotable; visitaban las veredas y se entregaban al trabajo con obsesiva constancia. Casilda, Maria Luisa y Pilar traían en sus pieles el tono blanquísimo de las estepas castellanas y las montañas vascas que no cubrían con los hábitos propios de las monjas. Compartían con el párroco Bernardo López la misma exaltación en su labor pastoral.

Después de Santa Rita, las veredas El Oro y El Delirio iniciaron su propio proceso. El carisma del padre Bernardo López y su apasionada oratoria contagiaba de entusiasmo a los campesinos que lo escuchaban encantados. La idea de un mundo bendecido por Dios donde todos eran hermanos, se amaban y compartían sus bienes adquiría en boca del padre López un efecto hipnótico que suspendía el juicio y espoleaba la acción. Su gruesa complexión trepidaba con las palabras y su rostro elástico gesticulaba sobre una jugosa papada. No escatimaba ejemplos para ilustrar ante los abiertos ojos de sus feligreses las razones por las que era urgente el cambio liberador. Si había falacias en sus razonamientos no se encontraba a nadie entre su auditorio que las desnudara y aunque se encontrara, difícilmente alcanzaría a socavar los firmes cimientos, entre lógicos y emocionales, sobre los que se asentaban su acorazadas convicciones.

Entre tarde y noche
  


 
 
Pero no a todo el mundo fascinaba el padre López. Estaban quienes eran blanco de sus agudos dardos y no concebían un sacerdote que atacaba desde su púlpito la sagrada propiedad privada y las autoridades legítimas. Aunque no conocían de cerca el trabajo que se desarrollaba en las veredas, les bastaba con saber que pertenecía a la hornada de los "curas rojos" que habían desoído a la Santa Madre Iglesia. Ah no, que no viniera con cuentos comunistas y, por tanto, ateos; no señor, ése no era un sacerdote de verdad. ¿Cómo es eso de que no exige la confesión para comulgar?, y esas monjas ¡por Dios! Nunca llevan hábitos. No conserva la postura digna de su magisterio; se le ve con muchachos en tratos demasiado cordiales. Hay que abrirles los ojos a estos campesinos ignorantes e igualados y, de paso, evitamos que la tranquila región se nos infeste de guerrilleros.

VI

Carlos Buitrago apareció pasadas las nueve de la mañana por el camino de Las Iglesias. Venía con el rostro macerado por el trasnocho; opacada la faz decidida y fresca de sus 19 años. Siempre discreto, como lo recuerda doña Herlinda, llegó hasta la cocina y saludó a su madre. Cuando Alirio, Gildardo, Marcos y Fabián, advirtieron su regreso, lo apremiaron por noticias sobre el padre Bernardo. Entre las cortas palabras y los monosílabos que Carlos les replicaba con un tono desvaído y pensativo, alcanzaron a entender que el párroco se había despedido de su feligresía en una velada que se extendió durante toda la noche. Muchas personas lo acompañaron entonando cantos y conversando mientras se turnaban en la vigilancia de la casa cural para impedir otro ataque. Nadie durmió, aguijoneados por la sensación de intenciones macabras rondando el lugar; quienes ordenaron su asesinato, seguían ahí, en el mismo caserío. Sin duda, también ellos velaban en alguna otra casa del pueblo estudiando la nueva disposición de las fichas como consecuencia del fallido atentado.

Bernardo López llegó a la vereda El Oro el miércoles 15 de septiembre en la mañana para oficiar misa. El sicario, de apellido Prieto, no lo perdía de vista. Según cuenta Manuel Buitrago, el mismo Prieto había urdido un plan con el objeto de salvarle la vida al padre. Antes de que se interpusiera otro interesado, Prieto buscó a las personas que estaban ofreciendo los doscientos mil pesos por asesinarlo y los convenció para que le "dieran ese trabajito a él". "Ustedes saben que soy muy pobre", les dijo, y fingía cargarle ojeriza al cura. Le entregaron una escopeta calibre 16 y diez cartuchos. Pero él resolvió otra cosa. Cuando Bernardo López regresaba de El Oro, ya sabía lo que tenía que hacer: "yo me escondo al borde del camino y apenas oiga los martilleos del gatillo, usted echa carrera pa la Estación", le había dicho Prieto. Y así fue. Lo acompañaba más de una decena de personas que al escuchar los golpes secos entre el rastrojo, vieron cómo el padre Bernardo espoleaba su caballo gritando: "¡ay muchachos me van a matar. ¡Corran muchachos, corran!". En la iglesia se colgó de las campanas y tocó a rebato. La gente se amontonó expectante y el párroco les contó el suceso: "…les aviso que están encima de mi vida; ustedes verán qué van a hacer conmigo pero yo veo que aquí ya no puedo vivir porque me van a quitar la vida". El tono firme de la voz y el sonido latoso del parlante, agregaban dramatismo a la declaración.

El padre abordó el tren de pasajeros a las siete de la mañana del viernes 17 de septiembre. Estaba triste. En ese 1982 terminaban los cuatro años al frente de la parroquia en la Estación Cocorná. Hubiera querido continuar, pero la arquidiócesis de Barrancabermeja, a la cual debía obediencia, le ordenó salir para protegerlo. Jamás dio muestras de sentir miedo ante la muerte y no era el primer atentado contra su vida; veía la muerte violenta como una manera de consagración final de su sacerdocio comprometido con los pobres. Detrás de sus lentes bailaban unos ojos de niño travieso por donde se asomaba un espíritu maleable a las emociones y autista frente al peligro. Su presencia rotunda despertaba reacciones extremas y cosechaba con igual solvencia amigos y enemigos. Allí en la Estación Cocorná, casi todos fueron del primer grupo que le reconocían su entrega; pero los del segundo, veían en él a un ensotanado comunista, lo cual era otra forma de expresar que no hacía parte de la especie humana y lo acercaba a la maleza para cortar y echar al fuego. Bernardo López también tenía su propio lenguaje para clasificar la especie y los ricos dejaron de llamarse, por ejemplo, Evelio Monsalve o los ganaderos del Magdalena Medio, para ser enemigos de clase, burgueses o reaccionarios. Y evangelizar significaba concientizar a las masas de explotados; creía en una revolución con Marx y con Cristo en la que un hombre nuevo se pondría por encima del egoísmo. Y en verdad lo creía todavía en esa mañana tibia al poner su pie en el escalón del corto ferrocarril y despedirse con varios lagrimones mojando sus pulposas mejillas. Carlos Buitrago, su hermano Rigoberto y un grupo de feligreses lo acompañaron. Nadie imaginó, ni existían razones para ello, que el domingo aparecería de nuevo con su rostro embotado por el llanto como si las lágrimas del viernes no se hubieran secado.

Entre tarde y nocheLos muchachos escucharon la relación escueta de los acontecimientos que Carlos dejaba salir a jirones. Alirio era de los más perturbados; a pesar de su carácter alegre, la salida intempestiva del párroco obligó a aplazar su boda que debía celebrarse ése día. Ya había construido un cuarto al lado de la tienda de la cooperativa donde viviría con su novia de catorce años Rosa Angélica Mazo, hija de Israel, vecino y viejo conocido de la familia. De todas maneras, celebraban que el padre Bernardo siguiera vivo y todo era cuestión de esperar a que las aguas se aquietaran. Así que cada uno se fue a lo suyo. El comité de salud levantaba muros de un metro alrededor de las casas de la vereda para impedir que los cerdos y gallinas retozaran por las habitaciones y la cocina. Marcos Marín, a quien decían marquitos, revolvía la mezcla y en sus brazos flacos se remarcaban los músculos que a sus diez y seis años todavía se estaban formando. Carlos y Alirio Buitrago se fueron a picar palos de yuca para sacar los colinos que servían como semillas en la nueva siembra, el primo Fabián Buitrago, y el tío Gildardo Ramírez, hermano de Herlinda, acarreaban mezcla. El trabajo imponía una atmósfera rutinaria. Jorge, Gabriel, y los demás niños se servían del ancho de la casa y del potrero para explayar juegos mientras Káiser y Danger ladraban correteándolos. Los dos hermanos mayores, Gustavo y Gonzalo andaban por Medellín, Rigoberto se quedó en la Estación después de despedir al padre. Dos vecinos, Leonel y Ricardo Castaño pintaban la tienda de la cooperativa. En la casa se encontraban catorce personas contando a don Manuel y a doña Herlinda.

En la vereda Santa Rita vivían alrededor de diez familias, unos 80 habitantes, de los cuales más de la mitad eran niños menores de 15 años. No todos participaban de la comunidad cristiana de base. Horacio Buitrago, hermano de Manuel, se contaba entre los que maldecía del padre Bernardo López. Miraba con recelo y desconfianza el entusiasmo de su hermano y su familia. Era amigo, en cambio, de quienes maquinaban para sacar al padre. Asistía a las misas que oficiaba el padre López en la vereda y permanecía atento en su discurso para contar luego su contenido, o por lo menos lo que captaba de él, a sus opositores. Es improbable que el tránsito tortuoso de esas homilías mientras ingresaba por los oídos de Horacio Buitrago, se batía con sus humores, se agitaba con el sopor tropical y se expelía entre trago y trago ante un grupo de personas filadas en contra del padre, mantuviera la misma consistencia. Pero era suficiente que llegara el campanilleo de ciertas palabras como revolución, opresión de los ricos, cambio, oligarquías, burgueses…Semejantes evidencias afirmaban la decisión patriótica de detener a ese cura desaforado. 

No era difícil suponer el sentimiento de orfandad que embargó a la comunidad cristiana de base ante el abandono involuntario del padre Bernardo. El empeño puesto en el trabajo por parte de los muchachos aquél 17 de septiembre bien podría tomarse por mecánicos movimientos febriles para evadir el sentido de la nueva realidad. Sin duda, los dos catequistas, Carlos y Alirio Buitrago, eran de los más perturbados. Las reuniones con los campesinos en las que les enseñaban a leer, a escribir, a hacer cuentas o a reflexionar sobre la Biblia tendrían, en adelante, un matiz distinto sin Bernardo. Ya no estaría él para resolver sus dudas con esa propiedad sin titubeos y sus ejemplos pintorescos. Bernardo López convertía su punto de vista en paisaje y lograba que sus oyentes convergieran en él. Aunque ellos habían aprendido a deslizar el sentido de las reflexiones bíblicas hacia las verdades del pueblo y su liberación, sobre todo cuando abordaban el libro del éxodo, no gozaban todavía de la fluidez oral de Bernardo que moldeaba las palabras hasta forjar una verdad sólida y contundente como yunque. Sólo cabía esperar, aunque por el momento la vida de la comunidad cristiana de base de Santa Rita fuera inimaginable sin Bernardo.

Los rumores a cerca del malestar que algunos ganaderos de la región anidaban contra el trabajo comunitario en las veredas, ya circulaban entre los pobladores de Santa Rita, pero don Manuel decía no entender "cuál era la fatiga de ellos, si no estaban haciendo nada malo". Se alcanzó incluso a afirmar que esa tienda de la cooperativa servía como despensa de la guerrilla. Cuando algún torneo o capacitación los reunía en la Estación Cocorná, no faltaban quienes se les acercara a contarles los "últimos runrunes", y ponían tal interés en transmitir las injurias que contra ellos se decía, que dejaban traslucir cierto alevoso fervor vocacional en el placer de comunicar desgracias. Por los caminos de El Delirio, La Arabia, El Oro, Hoyo Rico y las Iglesias, hasta La Estación Cocorná se replicaban ecos confusos de afirmaciones y respuestas. En la atmósfera abigarrada de las cantinas, donde a 35 grados de temperatura se cocían olores a cerveza, a orinal, a sudor de bestia, a cigarrillo y a tizas de billar, las voces apiñadas mencionaban los grupos armados que se impulsaban desde Puerto Boyacá para limpiar la región de la influencia del comunismo. Pero a los integrantes de la comunidad cristiana de base de Santa Rita ni siquiera se les pasó por la cabeza que estuvieran entre los objetivos de tales grupos. No encontraban relación entre los secuestros y extorsiones que ésos grupos decían combatir y el trabajo de desarrollo comunitario en la vereda.

Don Manuel Buitrago llegó de sembrar maíz y se fue para una reunión del comité de la cooperativa; allá decidirían qué personas traerían el mercado desde el pequeño embarcadero del río Cocorná en la vereda Las Iglesias y quienes irían a "miniar", es decir a extraer oro de la quebrada Serranías. "Todos los sábados nos íbamos a miniar", cuenta Manuel. De tal suerte que, visto desde fuera, ese viernes 17 de septiembre transcurrió como cualquier otro. Por la tarde los muchachos organizaron su partido de fútbol en el potrero que solían jugar hasta que la oscuridad impidiera ver la pelota. Acostumbraban jugar sin camisa, inmunes a las ladillas que abundan en la hierba. Carlos, el reciente goleador del torneo campesino en San Luis demostró, como siempre, su habilidad. Fabián, Gildardo, Marcos y Leonel Castaño, el vecino que había estado ese día pintando la tienda de la cooperativa, luchaban por alcanzar la victoria. Alirio Buitrago se retiró rápido. Quería aprovechar la luz del día para arreglarse y visitar a su novia que lo esperaba con algunas otras compras para la boda. En vista de que el matrimonio se aplazó para el 23 de septiembre por la salida del padre Bernardo, Rosa Angélica se fue para la Estación a comprar un vestido. Rocío, la hermana de Alirio que acompañó a su futura cuñada a la Estación, entró en la casa sin que su hermano lo advirtiese porque de inmediato se metió en su cuarto a derrochar primores en la envoltura del regalo para el amigo secreto. "Al día siguiente sería el descubrimiento, además tenía unas tareas pendientes para la escuela" recuerda Rocío. "Yo creo que esos tipos me vieron pasar porque llegaron momentos después de que yo entré" agrega.

Don Manuel Buitrago ya regresaba por el camino de la reunión en la casa de José Castaño acompañado de Teodolinda y Heriberto, miembros de la cooperativa, cuando se encontraron con Leonel que venía subiendo. Era entre tarde y noche. Cruzaron unas palabras y de pronto se desató el tiroteo. "se oyó como cuando hay una quema en una guauduera" asegura don Manuel. Se miraron sobrecogidos por el estupor. "¡Bendito sea mi Dios!, ¡qué pasaría en la casita hombre por Dios!", exclamó. Cuando lograron reaccionar enviaron a Leonel para que llamara a José, a Ricardo y "a la gente que encontrara" para que vinieran a ayudarles. Mientras tanto ellos tratarían de investigar lo que ocurrió. Teodolinda se quedó más atrás, Heriberto y Manuel se inclinaron. Reptaban sigilosos entre el follaje oscuro avanzando hacia la casa. "Desde lejitos veíamos la casa y se sentía un silencio, mejor dicho, no se oían ni grillos siquiera" Y a don Manuel se le cuartea la voz recordando. Tampoco los perros asomaban. Las lámparas de petróleo seguían encendidas y le otorgaban a la casa una refulgencia espectral. Despacio, esforzándose por evitar hasta el crepitar de la hojarasca quebrándose bajo sus cuerpos pegados a la tierra húmeda, llegaron por fin al pie de la casa. Esperaron. El único movimiento salía de las sombras temblorosas en las paredes de tablones proyectadas a la luz de las llamas titilantes. Luego se fueron agachados y recorrieron la cocina, las habitaciones, toda la casa. No encontraron a nadie, salvo los vestigios de una salida precipitada. Fríjoles servidos en la mesa, ollas en el horno de leña, zapatos tirados. Nada más. "Parece que me dejaron solito hermano" le dijo Manuel a Heriberto en tono lastimero.

Entre tarde y noche 

Por el camino aparecieron los vecinos. José, Israel, Ricardo, Francisco y Leonel se sumaron a la búsqueda. Se dispersaron en todas las direcciones en silencio y temerosos. Con más confianza algunos comenzaron a llamar: "¡Herlinda!, ¡Alirio!". Nadie respondía. Hasta que José soltó el grito: "¡Eeeeiiiihhhh¡, ¡vengan; aquí como que están!" Todos corrieron en la dirección del grito. El primero en llegar fue don Manuel y la imagen se le incrustó para siempre: "de una vez los vimos a todos en filita, conforme venían, así los rafaguiaron y así cayeron; eso quedaron el uno con la cabecita en los pies del otro, quedaron en pura filita". Ya se le estaba nublando el mundo pero cuando se percató de que eran los cinco muchachos mayores y faltaban su esposa Herlinda y sus demás hijos se tragó el dolor por un momento y apuró a los demás para continuar buscando. Don Manuel y Ricardo hallaron una chancla por el arroyo que surtía a la casa de agua. La arena revuelta con el agua chapoteada sobre los arbustos señalaba un rastro seguro. "Ahí fue donde Ricardo empezó a gritarnos ¡Oiga, yo soy Ricardo, vénganse!; entonces nosotros veíamos cuando alumbraba; él extendía la linterna pa' allá pal cafetal porque nosotros estábamos en un cafetal todos recogiditos" cuenta doña Herlinda Ramírez, recordando además que comenzó a llover y no olvida el terror de encontrarse acurrucada con cinco hijos en la oscuridad de un cafetal sintiendo que en cualquier momento le van a disparar. Cuando estuvo segura de que la voz correspondía a la de Ricardo, se atrevió a salir. A pesar de la desgracia, el alborozo de don Manuel y los demás fue grande cuando los vieron surgir de la oscuridad.

A doña Herlinda Ramírez y a los niños se los llevaron para la casa de José. Don Manuel regresó debajo del totumo, donde yacían los cinco cuerpos. "Me cogió como un frío y me pegué de un estacón…a pensar. Y yo dije: '¿Qué nos pasó?, ¿Qué pasó aquí? ¿Por qué vinieron a matar estos jovencitos?'". Don Manuel estaba aturdido, "ni siquiera podía llorar". Se inclinó sobre Alirio y lo abrumó el rostro que siempre conoció alegre ahora demudado por la muerte; "Cómo estás de seriecito" le dijo. Y se replegó en un dolor ensimismado.

Los perros aparecieron por el camino. En la misma dirección por donde, según indicaban las huellas, partieron los asesinos. Nadie sabe si los habían perseguido hasta que se cansaron de ver que ninguno de sus amos los seguía. Traían las patas embarradas y las lenguas abatidas, chorreantes de sudor. El inusual olor a pólvora y a sangre los ponía ansiosos mientras remolineaban en torno a los cadáveres. Se quedaron velando los cuerpos con la misma efusiva inquietud que mostraban cuando Alirio los llamaba a la cacería de conejos. Mucho después de que la lluvia arreció y todos se fueron a la casa de José Castaño para masticar el dolor entre rezos y murmullos, se oían los aullidos de Káiser y Dánger entre el monocorde siseo de la llovizna que cayó toda la noche.

El zumbido de la pesadumbre los mantenía insomnes con no menos tenacidad que la expectación de que los asesinos regresaran o el anhelo de vislumbrar los hilos de la tragedia. Ricardo y José rondaban la casa apretando sus escopetas y con los sentidos afilados hurgando la noche. Adentro, las señoras encadenaban un rosario con otro y el olor a tinto saturaba el aire. La ansiedad por el amanecer estiró las horas hasta que por fin a lo lejos, en el valle del Magdalena, se asomaron los primeros resplandores. El anuncio de la mañana, avivó los afanes para iniciar los menesteres de la muerte. Por el camino se presentaron dos muchachos con expresión vivaz, se acercaron al patio donde recibieron instrucciones y se fueron corriendo a dar la noticia en la inspección de El Delirio.

Cuando clareó ya no llovía. Una luz limpia comenzó a invadir el monte revelando todos sus verdes. La gente de la vereda tomaba el camino hacia la casa de los Buitrago apenas se enteraban del suceso. No fueron pocos los que desfallecieron al contemplar la escena. Sólo Alirio vestía camisa; Carlos, Gildardo, Fabián y Marcos tenían el torso desnudo que era como jugaban fútbol en el potrero. Hasta los campesinos más rudos, fraguados en la dureza de las montañas, dejaron brotar su aflicción. No todos se entregaron a una congoja resignada y fatalista, también hubo quienes expresaron una honda conmoción de rabia. La visión perturbadora de tanto músculo joven extendiéndose rígido sobre una gran mancha roja, en contraste con la desbordante profusión de vida que los rodeaba, amasaba los nervios más duros. Santa Rita se reunió a llorar a sus muertos, bajo un sol amplio, mientras esperaban al inspector de El Delirio para hacer el levantamiento de los cuerpos.

El inspector y su secretario llegaron pasadas las diez de la mañana. Ya el sol había secado los cuerpos. Lo acompañaban muchos habitantes de la vereda El Delirio. La mirada desconcertada de los que iban acercándose, empezaba a transformarse en una de pasmo. Como si la visión activara en todos el mismo mecanismo automático, giraban la cabeza a uno y otro lado buscando respuestas en los rostros de los demás. El funcionario ejecutó las diligencias de rigor y se cuidó muy bien de preguntar en exceso, tal vez para evitar la obligación de consignar nombres distintos a los de las personas u occisos que allí se encontraban. Se dedicó a llenar los extensos y minuciosos formularios de la justicia colombiana con mecánica pericia hasta que, al cabo de una hora larga avisó que "ya los podían mover". 

Cortaron palos que sirvieran de travesaños para amarrar las hamacas donde pusieron los cuerpos. Nadie tuvo tiempo de cansarse porque sobraban hombros dispuestos, e incluso afanosos, por llevar un momento la oscilante carga. Ponían tal voluntad en su labor que parecía como sí quisieran hacer objeto a los muchachos de una última atención con no menos interés del que pondría alguien al recibir en la sala de su casa la visita de una persona ilustre o entrañable. A juzgar por su concentración y empeño, cabía suponer que intuían la trascendencia de su actuación ante la mirada de tanto conocido; para ellos resbalar, quebrar el ritmo de marcha del compañero, o, Dios no lo quisiera, caer, constituía un suceso más para las historias que se contarían en la región.

Don Manuel Buitrago recuerda bien el camino lleno de personas, "Todo lo que existía de gente viva, nos acompañó en la bajada con los muchachos". El lento cortejo se detuvo al pie del río Cocorná en el paraje Las Iglesias donde se embarcarían hacia el corregimiento de la Estación. La misteriosa velocidad de las noticias trágicas ayudó a que la romería creciera cada vez más y a que las ocho pequeñas embarcaciones con motor fuera de borda, a la que denominan con el nombre de yonson, ya estuviesen rugiendo junto a la orilla, prestas a arrancar. Grupos de campesinos se amontonaron lo mejor que pudieron en seis yonsons mientras los cuerpos de los muchachos fueron acomodados en los otros dos. La Estación Cocorná ya era un reverbero de cabezas cuando llegaron. La gente rodeó a la familia averiguando lo ocurrido y detenían las miradas consternadas sobre los cadáveres que descargaban de los yonsons. Muy pocas, entre las más de cuatrocientas personas del caserío, se quedaron en sus casas.

En el colegio juntaron pupitres para poner los cuerpos. Allí mismo, diligentes matronas se encargaron de bañarlos y vestirlos empleando en ello gran industria que, si bien les faltaba por la experiencia en oficios mortuorios, les sobraba por habilidad, por cariño y por sentido común. Luego los acomodaron en los ataúdes traídos desde Puerto Boyacá mientras el padre Jorge Eliécer, quien reemplazó a Bernardo López en la parroquia, disponía todo lo necesario para las exequias. No hubo autopsia. Y ninguno de los familiares estaba interesado en emprender el azaroso viaje hasta el municipio Puerto Triunfo para que se cumpliera la diligencia.

La velación en la iglesia entre el sábado y el domingo constituyó otro suceso en el pequeño poblado; jamás se había visto tanta gente en una noche. Afuera, parecía un día de mercado a oscuras; cientos de personas circularon por el altar donde filaron los cinco féretros. En el recinto el aire estaba cargado de un olor denso y se escuchaba un bisbiseo continuo por tanta voz apeñuscada y discreta. La humedad tropical de la región y la carencia de formol en el arreglo de los cadáveres ya estaban provocando los primeros síntomas de descomposición. El olor del café y de las flores empezó a mezclarse con el hedor inconfundible de la muerte. 

Entre tarde y noche

El entierro sería a las tres de la tarde para dar tiempo a que llegaran desde Medellín los dos hermanos mayores Gustavo y Gonzalo Buitrago. También vendrían sacerdotes de Barrancabermeja. Los parroquianos comentaban en voz baja la inconveniencia que entrañaba la llegada del padre Bernardo López dos días después de haberse visto obligado a abandonar el caserío. Muchos no creían que apareciera al entierro. Sin embargo, llegó. A eso de las once y media, cuando ya el sol alto calentaba las callejas polvorientas, se bajó del pequeño ferrocarril con ademanes desenvueltos pese a la congoja. Sus ojos enrojecidos delataban vigilias sombrías y en su cara exhibía los trazos del desconsuelo. Lo acompañaba el mismísimo obispo de la diócesis Bernardo Arango y dos sacerdotes más.

Ni siquiera en la semana santa más concurrida, la pequeña iglesia había albergado semejante cantidad de personas. El hálito que subía de tantos cuerpos y que se diluía en el bochorno de la tarde arrancaba jadeos silbantes. Las cabezas bailaban buscando resquicios para observar hacia el altar por donde a la vibración de agudos campanilleos emergió el solemne cortejo de sotanas. Bernardo López Arroyabe se adelantó y tomó el micrófono para iniciar la eucaristía exequial mientras las voces coreaban el canto ritual, cuya interpretación gemebunda y prolongada contrastaba con el mensaje esperanzador de su texto: "¡Quien cree en ti, señor, no morirá para siempre!". Luego de la lectura del evangelio, el arzobispo Bernardo Arango pronunció una vehemente homilía. "Cuando salvajemente y sobre seguro, al amparo de las sombras de la noche, se dispara sobre jóvenes inermes e indefensos, se está cometiendo un acto villano y de cobardía", sentenció el prelado con firmeza e invitó a elevar oraciones para que "se restablezca la paz en la región y todos puedan volver a sus casas sin temor ni sospechas". Doña Herlinda recuerda que, al calor de la ceremonia, sintió un especial impulso: "ya íbamos a salir con ellos para el cementerio y me dio tanta alegría al mirar el resucitado enfrente de los muchachos que Dios me dio valor de escribir". Pidió papel y lápiz y se inclinó abstraída. "Estimadas comunidades cristianas: en medio de este dolor que nos invade a todos mis compañeros y mi hogar, tan triste y desolado, les comunico cómo fue la muerte de mis dos pequeños hijos, de mi hermanito y de mis dos compañeritos". Doña Herlinda resumía el suceso explicando cómo "se los llevaron para la raíz de un árbol donde los prendieron a tiros y los dejaron tirados por el suelo con grandes heridas".

Entre tarde y noche

Gonzalo Buitrago, el único de la familia que faltaba en la ceremonia, sólo alcanzó a llegar cuando se disponían a salir con los cuerpos para el cementerio. El día anterior, en medio del aturdimiento que le produjo la noticia, el afán por viajar y la confusión nocturna, abordó en Medellín el bus equivocado y en vez de ir hacia el oriente tomó hacia el norte; cuando cayó en la cuenta del error, ya había recorrido más de cien kilómetros hasta Santa Rosa de Osos. De manera que apareció cerca de la cuatro de la tarde en la puerta de la iglesia con más de cuatrocientos kilómetros y una noche encima. "Yo entré, cuando lo primero que veo son los cinco ataúdes ahí filaítos en el centro de la iglesia, iba muy acalorado, entonces me arrimé muy ligero y me estaba dando un patatús por el frío de ellos" sostiene Gonzalo quien además dice que siempre le ha gustado andar mucho. En cada regreso, el padre Bernardo siempre le recriminaba con fingida severidad su perpetuo deambular. "Ahí viene este hijueputa judío errante" le decía y le propinaba cualquier golpecito bautismal.

Los ataúdes se balanceaban al compás de la marcha por encima del gentío que avanzaba hacia el cementerio. Bernardo López lloraba. Al llegar al camposanto se escucharon oleajes de voces esporádicas que sobresalían entre los murmullos y los gemidos. Eran voces de rabia tiradas al aire sin destinatario fijo; no subían hasta ser gritos pero sí lograban la consistencia que hacía presagiar reacciones. Siguieron escuchándose durante todo el entierro, incluso después de que el sepulturero terminó de emparedar las bóvedas y la tarde fresca anunció el sereno. Después, la gente se diseminó sin prisa a digerir tantos sucesos atragantados.

Don Manuel Buitrago y doña Herlinda Ramírez se desplazaron con su familia para Barrancabermeja, allá los acogió la pastoral social de la arquidiócesis mientras buscaban sitio donde establecerse. Dejaban atrás una tierra en la que crecieron diez hijos y donde arraigaron durante veintiocho años, desde los tiempos en que las frondosas tagualeras se llenaban de guaguas y en el río Cocorná se ensartaban doradas de dos libras con un trozo de tabaco. Ninguno regresó a Santa Rita. Por lo menos no a vivir.

Entre tarde y noche .

VII

Toda Santa Rita ya se había enterado. Primero la voz corrió menuda, en cuchicheos ahuecados con las palmas de las manos, después se expandió ganando en altura hasta convertirse en una invitación marcial y resonante. Gustavo Buitrago, su hermano Rigoberto, Ricardo Castaño y tres hombres más, merodeaban la vereda. Venían con fusiles terciados, los ojos resueltos en sus semblantes juveniles y el pecho cruzado de cananas. Ahora decían traer a cinco mártires entre sus motivos para tomar las armas.

El surco profundo que dejó la masacre del 17 de septiembre de 1982, facilitó el trabajo de reclutamiento en la vereda por parte de los seis hombres. Los jóvenes se incorporaban a la guerrilla en apariencia convencidos en la lucha de clases y en la liberación del pueblo. Tal vez de esos argumentos sólo tenían las brumas que les dejó el recuerdo del padre Bernardo López pero, en cambio, sentían la contundencia de su sangre revuelta con el asesinato de sus vecinos y con la amenaza de la muerte.

 

Comentarios

Ingresar
                 
Home

Historias
• Crónicas
• Reportajes
• Testimonios
• perfiles

De viaje
• Crónicas de viaje
• Revivamos nuestra historia

Álbumes
• Galerías fotográficas
• Fotonoticia 

Actualidad
• Opinión
• Información
• Denuncia
• música
• Libros
• Cine
• sitios

Facultad de contar

Contacto


  Redes:
Twitter
Facebook

 

www.historiasdeasfalto.co
contacto@historiasdeasfalto.com
Medellín - Colombia
2012
Cohete.net