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El Escalador de América

Mauricio López Rueda

Oda a la bicicleta
Pablo Neruda


Iba por el camino crepitante: el sol se desgranaba como maíz ardiendo, y era la tierra calurosa, un infinito círculo con cielo arriba, azul, deshabitado. Pasaron junto a mí las bicicletas, los únicos insectos de aquel minuto seco del verano; sigilosas, veloces, transparentes: me parecieron sólo movimientos del aire.

 

Los milagros de un santo sin chanclas




La carretera se empina, como trepándose al cielo; se estrecha y se alarga entre precipicios y cafetales, como una ancestral serpiente que acecha silenciosamente a su presa.

Y sobre ese lomo de serpiente, el ciclista avanza buscando la cumbre, la gloria, la inmortalidad. Atrás va quedando el valle del río Magdalena, rezongando en las profundidades montañosas. El ciclista también rezonga, respira, se esfuerza en dominar esa vértebra de cordillera. El viento quiere tumbarlo de su Monark, de su “caballito metálico”, pero él no se cae y continúa cabalgando hacia la meta, sin mirar atrás y sin noticia del frente, pues la neblina no deja ver el camino. Además llueve, como si la jornada ya no fuera suficientemente épica.

“No le dé tan duro”, le aconseja una sombra indescifrable a esa altura de Cajamarca. “Cómo vas”, le vuelven a gritar de alguna parte. Quizás sea el viento el que murmulla, quizás sea su espíritu combativo el que lo azuza. Él responde por pura inercia: “estoy bien”, y sigue pedaleando, domando el asfalto, las piedras, los pedazos de pino que se atraviesan en cada curva.


No es un ser humano normal, es un héroe mitológico; un héroe criado en el campo y amamantado por la pobreza y la tragedia. El ciclista sube solo, soportando la lluvia y el frío, descubriendo el camino a cada pedalazo. Delicadas nubes lo acompañan, le ocultan el sendero hacia La Línea. Pero el alto está ahí, recóndito detrás de ese velo alucinante.

Javier Suárez, con apenas 18 años de edad, parece transitando el Tártaro, sin más compañía que su bicicleta, ese insecto con ruedas, trepidante; y sin más brújula que su deseo de triunfo.

Sus pantorrillas se tensan, sus ojos escarban en la oscuridad con un destello guerrero. Sus manos sudan y su pecho se inflama. No está enfermo, sólo es la emoción de la proximidad de la gloria. Las rampas son inclementes, la bicicleta sufre y truena con cada pedalazo. 48/18 es la relación. Suárez se para en los pedales y desafía a Newton. Su potencia es de 450 o 500 watts. Es un coloso, un ciclista alado dirían los románticos.

El joven donmatiense gana la cumbre, cruza en solitario y se lanza al vacío como un Perseo enamorado. El descenso, unos 20 kilómetros hasta Calarcá. Vértigo y soledad. Suárez suelta las piernas, saca los pies de los pedales y se deja llevar por ese inhóspito embudo de guaduas, palmas y neblina.

Roberto ‘Pajarito’ Buitrago lo alcanza, lo mide y lo ataca. Suárez se pone a rueda. El boyacense, quien corre por Cundinamarca, frena su bicicleta, uno, dos segundos. Suárez trata de no chocarlo, viene muy cerca, y en esa difícil maniobra, pierde el equilibrio y se va contra un alambrado.

‘Pajarito’ vuela hacia el triunfo en Armenia. Javier, como el Fénix, saca coraje, se levanta y persigue. Le duele el cuerpo, pero más el corazón. Rubén Darío Gómez también lo pasa, lo deja plantado, pero antes de irse lo mira, como preguntándose: “de dónde salió este muchacho”. Javier también lo mira, con su orgullo maltratado.

Sabe que perdió la etapa, pero pronto sabrá también, que se ganó el respeto del lote. En Armenia lo espera un mar de aficionados que celebran su esfuerzo. Ya no es más Javier Suárez, pues Carlos Arturo Rueda acaba de bautizarlo como ‘El Ñato’.

‘Pajarito’ gana, Rubén Darío Gómez es segundo y Javier es tercero. Horacio Gil Ochoa los inmortaliza a los tres con su cámara. Los diarios los convierten en héroes en narraciones de poesía, casi increíbles. Todos en el pelotón se preguntan: ¿quién es este? ¿De dónde salió? Ricardo ‘Pinta’ Zea, el entrenador del equipo de Antioquia, sonríe en silencio. Días antes les había advertido: “tengo un gallo tapado”. La demostración del ‘Ñato’ ya no dejó espacio a dudas, ni a secretos. Una nueva estrella había nacido en la galaxia ciclística. Era la Vuelta a Colombia del 62, y Javier, con 18 años, apenas escribía los primeros renglones de su leyenda.

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