historias / Perfiles 
Las hazañas de Reinaldo Rueda
Guillermo Zuluaga Ceballos
 

Reinaldo Rueda 

Fotos: Felipe Loaiza / Revista BOCAS.

   

Cuando terminó el partido que definió el título de la Copa Libertadores de América a su favor, simplemente pensó en su difunto padre y se dirigió al camerino. Sin más.

“Celebré con un sorbito de champaña que me entregó el doctor [Carlos José] Ardila en un vaso desechable. Después, de rodillas, di gracias a Dios. No quise estar en la fiesta y me fui a dormir porque, a la mañana siguiente, tenía compromisos con medios nacionales e internacionales”, dice. Así sucedió la noche del 27 de julio de 2016 y esa actitud explica, a las claras, el talante de Reinaldo Rueda Rivera.

Aquel miércoles histórico, el caleño logró su mayor éxito deportivo. El más sonoro, pero no el único. De hecho, su lista de éxitos es larga: campeón del torneo Esperanzas de Toulon; tercer puesto en Mundial Sub-20; campeón del torneo local 2015; único colombiano en dirigir selecciones en cinco mundiales –tres de mayores y dos Sub-20–; campeón de Copa Libertadores y campeón de la Recopa Suramericana 2017.

A sus 59 años, Rueda es un hombre que vive, come, ve, lee, consume, respira y sueña fútbol. El mismo entrenador consumado y humilde que se ha dado el lujo de que sir Alex Ferguson le haya preparado café y le haya prestado ropa a él y a su hijo. El mismísimo gomoso que colecciona camisetas de equipos dirigidos y que dice que la que más quiere es la del Estrella Roja. El estratega que admite, sin pudores, que una mujer –solo una– le influencia sus alineaciones. “Rueda y técnico es un único ser. Hay que confundirlos y mezclarlos. No se puede conjugar al técnico y a la persona en paralelo. Es uno solo”, dice Rouge Taborda, director de deportes de RCN en Medellín.

Antes de ser un exitoso campeón, soñó con ser futbolista profesional. Nació en Cali, aunque, debido al oficio de profesora de su madre, Orfa Rivera, se hizo en Yumbo. De allí, el peregrinaje los llevó a Barrancabermeja, pues su padre, Blas Rueda, tuvo trabajo allí como transportador. En esa ciudad se hizo hincha del Deportivo Cali porque, dice, afianzó su identidad valluna gracias a que le recordaba sus raíces. Y allá también se reafirmó colombiano en tanto que el vallenato desplazó un poco su amor por la salsa.

Pocos años después regresó a Yumbo, se matriculó para su secundaria y alternó cátedras con la práctica del fútbol. A lo largo de la década de 1970 jugó en la selección de su colegio, en la de su pueblo, en la de su universidad y en la de su departamento, hasta que entendió que no triunfaría como profesional. Sin embargo, vio en la academia una posibilidad de seguir vinculado al balompié. Entonces se matriculó en la Universidad del Valle, donde tuvo la fortuna de recibir clases con profesores alemanes que le despertaron el interés por el fútbol de ese país.

En el inicio de los años ochenta hizo sus pinitos como técnico. Dirigió el equipo de la estatal Telecom, donde, según él: “ganamos títulos”. También trabajó en la escuela Carlos Sarmiento Lora. Y luego se encargó de las selecciones del Valle. Estando allí, la liga de este departamento lo envió a Alemania a especializarse en el German Sport University de Colonia.

Reinaldo Rueda, historias, perfiles historias de asfalto

Desde su retorno de Alemania, su nombre comenzó a ser parte del rentado colombiano. Su paso por la dirección técnica de los seleccionados del Valle le dejó contactos y buenas relaciones con dirigentes en su departamento. En 1994 asumió la dirección del recién ascendido Cortuluá; en este equipo –un visitante constante de los últimos escalones en la tabla de posiciones–, Rueda hizo lo que él llama, con un poco de ironía y de nostalgia, su “año rural en el fútbol”. No obstante, si bien los resultados no eran los esperados, le abrió las puertas de la muy exigente dirigencia del Deportivo Cali, club al que llegó en 1998. Allí estuvo unos meses y gracias al padrinazgo y a la ascendencia de la dirigencia valluna en la Federación Colombiana de Fútbol fue encargado para dirigir la selección que iría al Torneo Esperanzas de Toulon, Francia, de donde trajo el primer título para Colombia, en el año 2000.

A principios de 2002 se hizo cargo del Deportivo Independiente Medellín. Y tal como ocurriera en el Deportivo Cali, dejó el barco en altamar para tomar de nuevo la Selección Colombia Sub-20, el equipo que luego se encaramaría a un histórico tercer peldaño en la Copa Mundial de Fútbol Sub-20, en Emiratos Árabes, en 2003.

Rueda, en una Colombia de pocos reconocimientos para sus directores técnicos, comenzó a escribir una notable historia. Se había ganado un respeto, a tal punto que la Fedefútbol vio en este adiestrador la carta más interesante para el seleccionado mayor. Así llegó a la selección absoluta cuando los resultados del inicio de la eliminatoria a Alemania 2006 no se daban. Y si bien estuvo a un punto de lograr el objetivo, fue despedido del cargo y no pudo lograr la meta de ir al Mundial de 2010. Pero “al que le van a dar, le guardan”, dicen en estas tierras, y a él la vida le entregó revancha y estuvo en el Mundial de Sudáfrica desde la raya, dirigiendo a Honduras. El éxito catracho le abrió de nuevo las puertas para dirigir una selección donde ya los colombianos habían dejado estela: Ecuador. Y si bien lo pensó mucho, también “pesó mucho la posibilidad de estar cerca de mis hijos y de mis viejos” y de nuevo tuvo la fortuna de dirigir en Brasil 2014.

Tras terminar su contrato allá, Rueda quedó un tanto a la deriva. Tuvo propuestas de selecciones que no llenaron sus expectativas –incluida Paraguay–, hasta que le ofrecieron un reto que le sonó interesante: el Atlético Nacional. Un matrimonio con muchos réditos. “Reinaldo Rueda y Atlético Nacional están hechos el uno para el otro”, ha dicho Juan Manuel Uribe, historiador del fútbol colombiano.

Rueda aclara: “Dios nos ayudó, porque el inicio fue difícil. A los dos meses de mi llegada a Nacional, Junior nos eliminó de la Copa Colombia y todavía (Víctor) Marulanda me cobra esos 800 millones de la taquilla que no recibió”. Hoy saboreaba las mieles del triunfo, de la misma manera que asume las derrotas: con calma. Y así, todo parece indicar, ha sido siempre tras un camino emprendido hace casi cuatro décadas.

Está claro, Rueda es un hombre tranquilo, respetuoso, amable y dedicado en vida y alma a su profesión. Un técnico al que los títulos no se le suben a la cabeza. Un hombre para quien la familia es lo primero: un matrimonio sólido con Genith Ruano y tres hijos como soporte. Un amante de los vallenatos setenteros de Alfredo Gutiérrez, del Binomio de Oro y de Los Corraleros de Majagual, quien, cuando vivió en Alemania, se compró un acordeón a ver si lograba interpretar “La gota fría”, de Emiliano Zuleta. Pero su hija, muy sabia, le dijo que mejor siguiera dedicado al fútbol.

Profesor, ¿es cierto que por ahí hay otro Reinaldo Rueda?
Cuando llegué a Nacional me di cuenta de que tengo un doble, que ha estafado. Ha solicitado dinero por entrevistas, ha proyectado contratos con federaciones. ¿Y sabe qué? Está muy bien documentado. Sabe todo de mí. Tiene perfiles en las redes. El Día de la Mujer escribió en Twitter una dedicación muy afectiva y romántica. Cuando se lo mostré a mi familia, mi hija menor se quedó sorprendida. ¿Sabe qué dijo?: “¡Ojalá mi papá fuera capaz de escribir tan bonito!”.

El verdadero Reinaldo Rueda Rivera se crio en Yumbo. ¿Qué le queda de esos años?
Nací en el barrio Obrero, pero mi mamá era profesora en Yumbo y allá me llevó muy chico. Allá jugué en el primer equipo del barrio y la selección del colegio. Ahí nació mi amor por el fútbol en ese pueblo que, entonces, era muy pequeñito, con mucha pasión por Cali y América. Mucha rivalidad entre los dos equipos.

¿De dónde el amor por el vallenato?
Vivimos un tiempo en Barrancabermeja y de ahí me quedó el amor por el vallenato, una de mis debilidades. Desde niño veía a mis tías cantando y yo las seguía; luego mi papá me regaló vallenatos. Dicen que soy caleño atípico porque disfruto mucho el vallenato, más que la salsa. Intenté aprender a tocar acordeón, uno que me compré en Alemania, pero soy medio sordo. Tuve clases con “el Turco” Gil. Logré aprender algunas noticas, pero eso requiere disciplina. Pero bueno, lo disfruto. Soy poco fiestero, pero soy muy nostálgico del vallenato viejo: el Binomio, Alfredo Gutiérrez, Los Corraleros… Esos quedaron en mi corazón.

¿Cómo terminó estudiando en Alemania?
En el 75 tuve la oportunidad de participar en un seminario y los expositores eran Parreira y Bonetti. Nos enseñaron toda la organización del fútbol brasileño y lo del título del 70, y por ahí nació mi sueño de querer ir a Brasil. Pero llega el “Convenio Colombo-Alemán”, se fija en dos universidades –la de Antioquia por la investigación científica y la del Valle en docencia deportiva– y ahí me gano ese plan de estudios. De Alemania sabía muy poco: admiración por su fútbol, por el Mundial del 70 cuando Beckenbauer jugó con cabestrillo y su título del 74. Diez años después tuve la fortuna de una beca cuando los directivos de la liga determinan que me merezco esa oportunidad. Allá me formé como entrenador. Fue algo que me cambió la vida y hoy disfrutó de todo eso. Cuando llegué allá, a pesar de que había tenido profesora privada, vi que no sabía nada. El tutor me dijo que no podía ingresar porque no tenía fluidez ni manejo del idioma y me mandó a hacer 600 horas de idioma. Me matriculé en una academia e hice todos los estudios con la ilusión de quedarme. Disfruté de su cultura, la historia, museos... Siempre que puedo me vuelo dos, tres días, una semana. Tengo admiración por Alemania.


¿Fue al regreso de Alemania que se consolidó su carrera como director técnico?
Al regreso asumí la dirección de las selecciones del Valle, salimos campeones nacionales en el 92. En el 94 me ofrecieron el Cortuluá, que acababa de ascender a primera. Empecé a trasferir todos esos conocimientos de 14 años en ese equipo. Fueron tres años durísimos, peleando siempre descenso, sin nómina, vivíamos del patrocinio, de taquillas mínimas, con jugadores prestados de Nacional, de Medellín, de Cali, de América. Fueron mis años rurales. Ahí empezó la pasión y el estrés de esta profesión. Estando allá, en el Cortuluá, recuerdo que había un muchachito al que yo le decía que su puesto no era de centro delantero, sino de defensa centro. Con los años ese muchachito, Mario Alberto Yepes, se consagró como capitán de la Selección Colombia. Ahora, aquí en Nacional, a los jugadores les digo que disfruten porque muchos de ellos nacieron en esta cuna de oro, pero yo no. A mí me costó. Mis inicios fueron con limitantes que me endurecieron para lo que han sido estos treinta años de profesión.

Luego vinieron el Deportivo Cali y el Independiente Medellín. Mucha gente se pregunta, ¿por qué los dejó ad portas de sus respectivos títulos?
Asuntos del fútbol. Después de tres años en el Cortuluá vino el Cali. Fue bonito, proyecté jóvenes, entre otros Mario Yepes. Fue por corto tiempo y me fui por presión de resultados inmediatos. Salí para la selección que se preparaba para Toulon, Francia. Y vea, Cali salió campeón. En 2002 llegué al Medellín. Fue como un sacrilegio: un valluno en Medellín. Fue muy satisfactorio compartir con sus dirigentes. Me fui porque me ofrecieron la Selección Colombia Juvenil. Tomé ese proceso para el Suramericano y el Mundial de Emiratos Árabes. Pero aún el recuerdo es bonito cuando uno camina por la ciudad; incluso, hace poco, celebrando la estrella 15 del Nacional, se me acercaron hinchas del Medellín a felicitarme. Me decían que recuerdan con afecto lo que brindé en ese equipo que luego salió campeón.

Usted impulsó a varios jugadores que luego serían claves en el título del DIM.
El primer partido que jugué con el Medellín fue un clásico en Estados Unidos contra Nacional. Qué baile le dimos a Nacional, que contaba en ese entonces con Faustino Asprilla [sonríe]. Ese día lo recuerdo por algo especial: puse a jugar a David González, pese a que era el cuarto o quinto arquero. Pero me llamó la atención la serenidad de ese muchacho. No olvidaré ese momento porque siempre los representantes de los jugadores están felices cuando uno pone a jugar a sus muchachos y en este caso fue al revés, me llamó el representante y me dijo: “¡Cómo vas a quemar a ese muchacho!”. Y mire, hoy por hoy es uno de los arqueros más serios y exitosos de Colombia.

¿Cómo se dio la llegada a la selección de mayores?
Por la crisis ante la falta de resultados. Nosotros veníamos de ser terceros en Emiratos Árabes y los directivos creyeron que esa generación había que proyectarla: Abel, Macnelly, Castrillón, Faucet, Arizala, Nájera… Me la ofrecieron, asumí el reto y se nos fue el mundial por un punto. Fue durísimo. Luego seguimos porque el proyecto era Sudáfrica 2010, pero se abortó todo y quedé destrozado. Fueron meses física, sicológica y moralmente muy duros. Para mí y para la familia. Luego se abrió la oportunidad en Honduras. Capítulo aparte y comencé un camino. Honduras llevaba 28 años sin mundial, había mucho escepticismo, pero hicimos un trabajo con responsabilidad. Y mire: tan era para nosotros la ida al Mundial de 2010, que lo logramos con Honduras.

¿Se sacó la “espinita” en un país sin tradición futbolística?
Tengo gran afecto por toda la sociedad hondureña. Porque al principio fue duro: por ser extranjero. Habían pasado argentinos, uruguayos y hasta yugoslavos. Llegar como colombianos era duro. Además, el país vivía problemas sociales y económicos. Y empecé a proyectar jóvenes. Ya había un ciclo cumplido de cuatro o cinco intentos a mundiales. Me adapté y nos fuimos yendo. Después fue imborrable todo: reconocimiento del Congreso de la República y la unión del país que venía de un momento difícil por lo del golpe de Estado. La selección logró eso, gente que hacía tiempo no se veía, se abrazaba. Luego vino la propuesta para darme nacionalidad y hoy soy un catracho más.

¿Por qué no siguió allá?
Me ofrecieron Ecuador. Y me gustó por estar cerca de mis viejos. Y de nuevo llegar a un país en problemas con Colombia por lo de su invasión al espacio aéreo: “No más colombianos”, decían. Se sentía en la calle el problema de Correa y de Uribe. Incluso se lo mencioné al doctor Chiriboga [presidente de la Federación Ecuatoriana de Fútbol], que no era el momento, pero él confiaba mucho en los colombianos. Asumimos. Fue difícil. Ya esa generación gloriosa de Pacho y Bolillo estaba en sus últimos años y ahora tocaba cumplir con la meta del mundial, pero había que hacer relevo. Había escepticismo y no nos fue bien en Copa América en Argentina. Casi que casa por cárcel durante un mes, no podíamos salir porque me insultaban. El presidente Correa respaldó la Federación y al cuerpo técnico. Siempre se lo agradeceré. Y aunque fue difícil, nos quedamos y pudimos disfrutar del Mundial de Brasil.

¿Tuvo un sentimiento de revancha al enfrentar a Colombia?
Nunca sentí espinita, menos contra los jugadores, por eso ganamos. Y fue algo bonito que el plantel en pleno vino al banco a abrazarnos. Ya nos conocíamos desde la Juvenil. Fue duro, veníamos de perder con Argentina en Buenos Aires y si perdíamos nos teníamos que ir. “Chucho” Benítez hizo el gol con el que ganamos. Inclusive, en el partido allá, en el minuto 91, va a cobrar James, pero se adelanta Pabón y la manda lejos. ¡Uf! ¡Lo que es para uno es para uno! Pabón nos salvó, cuando viene por acá lo abrazo y le agradezco.

Después de ser un técnico exitoso de selecciones nacionales, ¿por qué aceptó la dirección del Nacional?
Terminamos en Ecuador. Tuve otras posibilidades, pero llegó lo de Nacional y no lo dudé, pese al desafío por lo que había hecho Osorio. El sueño, entonces, era la Copa. Soñamos y Dios nos ayudó. Se conjugaron todos los factores, pese a ese inicio difícil. Pero después daba gusto verlos en la cancha y vino el título y luego la Copa. Esa noche cuando ganamos la Copa pensé en papá. Sentía un vacío extraño, estaba y no estaba.

¿Por qué siguió en Nacional?
En diciembre terminaba mi contrato y decidí irme. No daba más. Lo pensé por asuntos de salud. La cadera no me daba. El doctor Ardila me pidió que me quedara, lo mismo de La Cuesta, la afición, los jugadores, todos. El afecto, la gratitud me llevó a decidir quedarme.

¿Cómo recibió el reconocimiento de France Football como mejor técnico?
También lo del diario El País. Son momentos. Hicimos un trabajo grande. Es bonito por la profesión, pero también por la familia, los nietos, los hijos. Son reconocimientos para los técnicos colombianos que son excelentes profesionales.

¿Cuáles son los técnicos que usted admira?
Mis referentes son Vicente del Bosque y sir Alex Ferguson. Me han tratado superbién. Compartí con Ferguson en Manchester, gracias a Antonio Valencia. Imagínese que lo visité un día después de perder la final con el (Manchester) City. “No me va a atender”, pensé. La cita era el 1o de mayo de 2013. Me presenté y en la puerta me dice una señora: “El señor Ferguson lo está esperando”. Abrí la puerta, saludé y le dije: “Discúlpeme, no hablo bien inglés”. Y él me dijo: “Tranquilo, yo tampoco. No se preocupe”. Y sonrió. Después me preguntó si deseaba café y le acepté. Pensé que lo prepararía alguien, pero él se levantó y me lo preparó. ¡Qué tipo tan extraordinario, humilde, qué lección de vida! Me invitó enseguida a que nos quedáramos en el entreno, me prestó un saco a mí, a mi hijo le dio una gorra para el frío, y después me invitó a almorzar. Luego del mundial me mandó una carta. Imagínese: un hombre que lo ha ganado todo y tener esos detalles. Y bueno, admiro a Del Bosque por su humildad, tanto en el Real Madrid como en la Selección España. ¡Ah!, y a Sekularac, claro está.

¿De ahí viene su mote de “Seki” Rueda?
[Ríe] Otro asunto importante en mi vida: haber visto a Sekularak con Santa Fe y América. Cuando estuve en Europa, me fui a Yugoeslavia con el profesor Popovich y allá me encuentro con que “Seku” era el DT del Estrella Roja. Y coincide que, en 1990, se celebraban los 45 años de ese equipo. Imagínese, yo vi todas las películas de “Seku” en la selección, él fue denominado “el Pelé blanco” y me presenté y me trató bien. Habló con nostalgia de Colombia, me invitó a quedarme y de ahí me identifiqué tanto que así le puse a mi primer correo electrónico: Pocos me dicen Seki, no saben que es por la admiración y por las atenciones allá en Belgrado.

Reinaldo Rueda, historias, perfiles historias de asfalto

Profesor, usted es un hombre muy de familia, pero también del fútbol. ¿Al final qué le importa más?
Ellos dicen que me importa más el fútbol. Mi familia es un soporte inmenso. Llevo más de veinte años fuera de la casa, sacrificando momentos con mis hijos y la relación de pareja. Pero mi esposa ha sabido soportar.

¿Su esposa influencia en sus alineaciones?
No, ella no. Mi mamá, sí. ¡Ja! Estos días me encontré en Neiva con la Cachaza [Hernández], que trabaja en las inferiores del Huila, y recordamos que mi mamá me braveaba si no lo ponía de titular. ¡Ja!

¿Volvería a la selección?
Me lo preguntan mucho. No sé si coincidan los momentos, pero si se da sin atropellar a nadie... Pues miramos.

 

 

 

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