historias / Perfiles 
Horacio Montoya Gil
Guillermo Zuluaga Ceballos
 

   

Hace 27 años, el país asistió a uno de sus días más aciagos. En la toma por parte del M-19 y la retoma  del Palacio de Justicia por parte del Ejército  murieron muchos colombianos. En el año 2000 escribí el siguiente texto con el cual quise rendir un homenaje al más ilustre de mis coterráneos, muerto durante aquel evento.

Horacio Montoya Gil
 
Del Magistrado Horacio Montoya Gil hay que emitir el siguiente fallo: es casi perfecto. "Casi" porque está muerto y juzgar muertos es muy difícil ya que a la gran mayoría, por no decir que a todos, se les cubre con un manto de grandeza o se les dibuja mentalmente un aura que les opaca cualquier defecto o delito. Pero aunque haya fallecido, si se trata de ser ecuánimes y de corresponder con la realidad, hay que afirmar que fue un hombre ejemplar, entregado a su profesión y a su familia. Por esto, el 8 de noviembre de 1985, un día después de su muerte en la toma del Palacio de Justicia por parte del M-19, el sacerdote que hizo la homilía en la Catedral Metropolitana de Medellín, colmada de rostros tristes, resumió así la vida de este hombre: “En Horacio se conjugaban la humildad con la sabiduría, y ésta nunca opacó su humildad”.  También a esa hora, doña Carlina Gil, su madre, ya completaba unas veinte horas sin llorar, desde el momento en que le comentó a una de sus hijas que él era tan bueno que Dios ya lo tenía en el cielo, y que por eso no valía la pena derramar más lágrimas.
 
Las Mil y Una Noches

 
Horacio Montoya Gil nació  en la vereda Las Frías del municipio de San Vicente, un sector alejado unos quince kilómetros de la cabecera municipal y que en ese entonces era más distante porque no había carretera. Ocurrió en la madrugada del 29 de agosto de 1934 siendo el primer hijo en el hogar conformado por Francisco y Carlina y fue bautizado unos días después por el padre Cesáreo Muñoz. La niñez la pasó en la finca de sus padres, y estuvo marcada porque contrajo la Poliomielitis cuando apenas tenía tres años, y tuvo la fortuna, que un médico pasaba sus vacaciones en una finca cercana, lo atendió pronto y pudo mejorarse. A Horacio de aquella enfermedad le quedó como secuela una molestia en el movimiento de su pierna derecha. A los siete años cuando cumplió la edad para poder ingresar a estudiar, lo matricularon en la Escuela de El Canelo, ubicada a unos dos kilómetros y medio de su casa. Este recorrido lo hacía en compañía de unos niños vecinos, con quienes se iba charlando animado. “Siempre salía contento, a recibir las enseñanzas de doña Froilana Arbeláez”, recuerda don Francisco, su padre. De su paso por esta escuela quedó el recuerdo y la constancia de su rendimiento académico, en el que sobresalió su pronto aprendizaje de la Historia Sagrada y del Catecismo del Padre Astete.
 
En esa escuela sólo había primero y segundo elemental. Horacio terminó estos grados y como su padre no tenía dinero para enviarlo a estudiar a otro sitio, se quedó nuevamente en la finca. En las mañanas iba con sus hermanas hasta una fuente por agua para hacer de comer, luego salían con doña Carlina a lavar ropa y los muchachos regresaban a la casa cargando leña. En las tardes, con sus primos y algunos amigos fabricaban juguetes con objetos de monte. Hacían Yolombas (una semilla como una calabaza pequeña que encabada en un tronco delgado, la envolvían en una pita y la ponían a bailar como un trompo). Otro juguete eran las Plumas Voladoras (una bola de cera de colmena, que le ponían una pluma de gallina y una puntilla, y la lanzaban como un dardo).
 
Don Francisco, a pesar de su poco estudio era muy aficionado a la lectura y a narrarle cuentos a sus hijos. En las noches se sentaba en la cocina y después de comer les contaba chistes, anécdotas y les hablaba mucho de Cociaca. “Mi papá consiguió las Mil y Una Noches” y todos los días nos leía un cuento o un pedazo, y Horacio se entusiasmaba mucho”, comenta Adela, la segunda hija de la lista familiar. Don Francisco además les hablaba de vidas de santos, historia universal y esto fue animando a Horacio por la lectura, y cuando doña Carlina lo mandaba a vender huevos a la vereda La Magdalena, se hizo amigo de una ancianas a las que les compró, con unos ahorros, unos libros viejos, con los que se apareció un día en la casa. “Me imagino que mamá le daba permiso de ajustar con algo del dinero de la venta de los huevos, pero esas señoras se los facilitaban más por satisfacer su curiosidad que por los beneficios económicos”, comenta Consuelo, su hermana menor. Así llegaron a sus manos libros como Técnicas Agropecuarias, San Eustaquio, Historia de la Iglesia, entre otros.
 
Cuando tenía unos diez años, Monseñor Marco Tulio Torres, se lo llevó como sacristán para la parroquia de San Vicente. Allí en el día cumplía sus obligaciones y de noche se iba para donde el profesor Eloy Zuluaga, con quien culminó su primaria. “Cuando Horacio vino era muy tímido, obedecía a ciegas lo que ordenara Monseñor”, comenta Eduardo Giraldo Botero, quien entonces se desempeñaba en el Despacho Parroquial. Horacio quería reemplazar a Eduardo Giraldo cuando éste se encargara del Colegio Parroquial y por esto le pedía a él que le enseñara mecanografía, y no desaprovechaba espacio para dedicarse a leer. No obstante, cuando terminó su “preparatoria”, los compañeros de la Parroquia, entre ellos el padre Juan Angel Montoya, lo animaron para que se marchara a la Normal de Granada a cursar el bachillerato. Horacio no lo pensó dos veces y don Francisco al ver el entusiasmo de su hijo consiguió el dinero para matricularlo en el Colegio San Luis Gonzaga, de Granada, donde estuvo hasta noveno grado. Estos cuatro años fueron muy difíciles, por la pobreza y por el alejamiento de su familia. En vacaciones tenía que venir desde aquel sitio, caminando, pues no había carretera, y casi siempre solo, aunque a veces iba su padre por él. Este tiempo Horacio lo dedicaba a trabajar en la finca y a veces se iba para el pueblo a visitar a Monseñor quien todavía le tenía su pieza reservada, y quien muchas veces lo despachó con algunas monedas para sus gastos en el colegio.
 
De Granada, pasó al Liceo Antioqueño para cursar quinto y sexto bachillerato, allí se graduó en 1955, y en 1956 pasó a la Universidad de Antioquia y se matriculó para consumar su anhelo de  estudiar Derecho, debido a que este colegio era una filial de la Universidad, y el contacto con alumnos de allí hizo que avivara su gran deseo. El  paso por el Alma Mater fue muy fructifero. Mezcló sus estudios con el trabajo en el área Civil, primero como Oficial Escribiente y luego como Ayudante de Magistrado. El conocimiento que tuvo de esta rama del Derecho hizo que su Tesis de Grado, Tenencia y Control de Arrendamientos, fuera laureada y publicada en la Revista de Derecho de la Universidad de Antioquia.
 
Así mismo, su desempeño profesional siempre fue constante y ascendente. Gracias a su experiencia como funcionario judicial, en 1963, antes de graduarse, fue nombrado Juez Promiscuo en el municipio de Copacabana y en 1965 tan pronto recibió su diploma fue designado Juez en Andes, Antioquia. En 1966, en compañía del Doctor Pedro Escobar Trujillo, organizó un consultorio en Medellín, y ese mismo año se vinculó como profesor de tiempo completo de la Facultad de Derecho de la Universidad de Antioquia. Se desempeñó además como Secretario General y Decano (E) de esta Facultad, Impulsor del Consultorio Jurídico, y miembro del Consejo Superior de la Universidad. En 1972 fue nombrado Magistrado del Tribunal Superior de Medellín, en la  Sala Laboral y en 1973 pasó a la Sala Civil.

Horacio Montoya marcó un precedente en la historia de la jurisprudencia colombiana al dictar el primer fallo ecológico. Ocurrió el 17 de febrero de 1975, contra la empresa Sulfácidos S.A, por su responsabilidad civil en la contaminación del medio ambiente, porque las emanaciones sulfurosas, el humo y el hollín afectaban a los vecinos del sector y la empresa no tomó ningún correctivo a pesar de los justificados reclamos de los perjudicados. Montoya Gil se basó en la teoría del riesgo creado, el rechazo por la jurisprudencia, responsabilidad por el ejercicio de actividades peligrosas y en contra de las relaciones de vecindad, la solidaridad y la exoneración.
 
 Gracias a su conocimiento y a su destacada labor, Horacio Montoya fue llamado para reemplazar en la Corte Suprema de Justicia, al también Magistrado sanvicentino, Germán Giraldo Zuluaga, quien había solicitado una licencia. Allí permaneció del 1 de enero al 30 de junio de 1980 y al cabo de este tiempo regresó a Medellín, hasta 1983, cuando en una decisión sin precedentes, los veinticuatro Magistrados de la Corte Suprema de Justicia solicitaron por unanimidad que Horacio Montoya Gil, reemplazara a Giraldo Zuluaga, en la Sala Civil, quien se retiraba definitivamente de su cargo, para disfrutar de su jubilación.
 
Hombre de pueblo
 
Horacio, a pesar de su gran éxito como jurista nunca dejó de visitar a su familia y a su pueblo. Durante los primeros años de universitario venía y su hermana Adela que ya laboraba como profesora, le daba diez o quince centavos para que ajustara los pasajes en Medellín. También  a cada llegada encontraba nuevos hermanos o a otros que ya casi no lo reconocían “Yo vi que apareció en la casa un señor vestido de blanco, de sombrero, y le pregunté a mamá quién era ese señor; cómo así mija, me respondió, ese es Horacio, su hermano”, recuerda con simpatía Consuelo, la menor de la familia.  A Horacio le gustaba pasar las vacaciones en San Vicente, se quedaba donde su hermana Adela o alquilaba una casa y salía todos los días a caminar, visitaba familiares y amigos.

 
Horacio era un hombre tímido y poco noviero. En sus años de estudiante tuvo sólo cuatro novias. Lucía Marín Botero, cuando estaba en la escuela y el concepto novia no es muy claro.  En la juventud, compartió con  Ana Giraldo Botero, María Elena Jaramillo y Gilma Henao y cuando venía al pueblo iba hasta las veredas a saludarlas, sin embargo, fueron relaciones cortas, y en su mente estuvo siempre muy presente Gilma Henao, a quien conquistó con su primer regalo: un Cristo de plata. Con ella contrajo matrimonio, en San Vicente, en 1963, y se radicaron en Copacabana, donde recientemente fuera nombrado Juez Municipal, y de allí pasó definitivamente a Medellín, donde vivió en el barrio Buenos Aires y en Belén La Palma.
 
Él decía que amaba a su patria chica, y no sólo lo decía. En 1970,  Alfonso Marín Hoyos, líder político del municipio, le pidió que aceptara hacer parte de una lista para el Concejo de San Vicente, y Horacio Montoya, asintió complacido. “Él lo vio como una forma de servir a su patria chica, a su gente”, comenta su esposa. Estuvo durante el período 70-72 y de su paso, y de su compromiso, quedó como constancia el Reglamento Interno de esta corporación, aprobado mediante Acuerdo Municipal. “Su modo de pensar, nunca se dejó influenciar por peleas politiqueras”, recuerda un concejal de aquel entonces. Durante estos años también estuvo vinculado al Comité Pro - San Vicente, entidad con sede en Medellín, dedicada a apoyar programas y proyectos para el municipio. Allí, ocupó la Vicepresidencia y la presidencia por algún tiempo.
 

El rosario en el carro

La casa de Horacio fue una continuación de su trabajo; por lo menos en la rigurosidad y disciplina. Se levantaba temprano, desayunaba algo liviano, se organizaba, salía para la universidad a dar clases, luego iba a misa a La Candelaria. " Él era más católico que abogado", comenta su padre.  Del templo se dirigía al Tribunal Superior de Antioquia. Al medio día iba a almorzar y regresaba al Tribunal. A eso de las siete se aparecía nuevamente en casa, veía sagradamente el noticiero, comía y se ponía a conversar con los hijos o a ayudarles pacientemente a realizar las tareas. Luego se iba a la biblioteca a estudiar fallos, decretos o temas de derecho, o a leer clásicos de la literatura -los cuales le encantaban-; o se ponía a escribir, pues era asiduo colaborador de publicaciones jurídicas, entre ellas la Revista de Derecho de la Universidad de Antioquia y publicó el libro Las Quiebras y los Concordatos (del cual van  siete ediciones). 

Cuenta la anécdota que en sus tiempos de estudiante y como profesional, metía los pies en una ponchera con agua para no dormirse mientras hacía un trabajo. Los fines de semana, arreglaba los prados con sus hijos, salía a Oriente a comer un helado con la familia, o a visitar a sus padres. Lo que más recuerda doña Gilma es que cuando salían a pasear rezaba el rosario en el carro. “Debió quedarle esa costumbre desde chico, pues la Hora Santa al Corazón de Jesús, era sagrada en la finca, antes de acostarnos”, comenta su hermana Isabel Montoya.
 
Algo de su catolicismo y sus recuerdos quedaron impresos por siempre en su memoria. Por eso, a las personas que más apreció fue a Monseñor Torres, y a su primo, el sacerdote Juan Angel Montoya. Tampoco es un secreto el gran cariño y admiración por Germán Giraldo Zuluaga, con quien hablaba frecuentemente sobre temas relacionados con su trabajo, y quien más tarde lo recomendara para sucederlo en la Corte Suprema de Justicia.
 
En septiembre de 1983 viajó a Bogotá para posesionarse en la Corte Suprema. El Presidente Belisario Betancur le tomó juramento y doña Gilma  y los hijos almorzaron en la Casa de Nariño. “Nos sentíamos como en otra dimensión, en la mesa del Presidente”, comenta doña Gilma. Horacio Montoya se estableció en el apartamento del doctor Antonio Idárraga, abogado sanvicentino, mientras encontraba residencia y colegio para los hijos y en 1984 se llevó la familia definitivamente para Bogotá. “Sentimos mucha nostalgia al dejar esta ciudad tan acogedora (Medellín), y él aunque soñaba con la dignidad de ser magistrado de la Corte, le costó mucho alejarse de su gente, de su familia y de su pueblo”, dice su esposa. Pero su rutina poco varió pues  siguió entregado a su profesión y a su familia. “A veces salíamos a comer o a tomarnos un trago, y él se ponía a hojear libros y acosaba para irse para la casa a  hacer algún trabajo”, recuerda el doctor Antonio Idárraga.
 
Aunque el papel se agota y la tinta  se hace escasa, cuando se intenta retratar con letras la vida de grandes hombres, puede afirmarse que, a grandes rasgos, así fue y a esto se dedicó Horacio Montoya hasta el 6 de noviembre de 1985. Esa mañana salió con su esposa para el colegio Emmanuel Garzón, para asistir a misa. Regresaron a casa. Desayunaron, hablaron algo sobre las amenazas que tenían los magistrados desde hace algunos días. Poco antes de las ocho apareció el carro de la Corte, para llevarlo a su trabajo. Se despidió y dijo que llegaría a almorzar. Pero nunca más volvió.

La Noticia

(AP) Bogotá. Presuntos guerrilleros del Movimiento 19 de Abril asaltaron ayer a sangre y fuego el Palacio de Justicia y se trabaron en un combate con ráfagas de metralleta y tiros de fusil con fuerzas de seguridad del Estado, que deja un saldo de por lo menos tres policías heridos, dijeron testigos presenciales a la AP.
 
Magistrados de la Corte Suprema de Justicia, y del Consejo de Estado, abogados y numerosos empleados quedaron atrapados en medio del fuego.
 
Los asaltantes disparaban desde el interior del Palacio de Justicia y los policías desde las calles aledañas.
 
“Viva Colombia”, gritaban los asaltantes mientras se desarrollaba el combate en la zona más céntrica de la capital Colombiana, en donde están el Capitolio, la Catedral Primada, la Alcaldía de Bogotá y a sólo 300 metros, el Palacio Presidencial.
 
El tiroteo comenzó a las 11:40 Este (16:40GMT) cuando sujetos no identificados se abrieron paso con ráfagas de metralletas y ordenaron a los Magistrados y empleados tenderse al piso y abstenerse de abandonar sus oficinas, agregó la A P.
 
EL ESPECTADOR
Viernes 8 de noviembre de 1985
 
HOLOCAUSTO EN LA JUSTICIA
Asesinados 8 Magistrados de la Corte
 
Almarales mató a Reyes Echandía
 
Con un espantoso holocausto, en el que murieron ocho Magistrados de la Corte Suprema, encabezados por su presidente Alfonso Reyes Echandía, culminó la toma del Palacio de Justicia de Colombia, por un comando del M-19, cuyos integrantes también perecieron en la operación.
 
Al atardecer del jueves, las fuerzas del ejercito penetraron en el operativo final al palacio, arrasado por el fuego y la metralla, liberaron a algunos rehenes y comenzaron el macabro hallazgo de los cadáveres. Al cerrar esta edición se dio la siguiente lista de magistrados muertos:
 
Alfonso Reyes Echandía, Presidente de la Corte, muerto por el segundo jefe de la operación, Andrés Almarales, quien también pereció; y los magistrados Gaona Cruz, Ricardo Medina Moyano, Horacio Montoya Gil, Fanny González Franco, Lisandro Romero Soto, Carlos J. Medellín y María Inés Ramos. Se da por desaparecido al magistrado Alfonso Patiño Roselli.
 
En las filas de los guerrilleros fueron dados de baja Luis Francisco Otero Cifuentes, el cabecilla de la toma; Andrés Almarales, segundo comandante de la operación; Alfonso Jacquín, Vera Grabe, Libardo Parra alias “Oscar”, Afranio Parra García, Gerardo Jiménez, Guillermo Helvecio Ruiz y Rafael Arteaga.
 
Homenaje
 
Hasta el 8 de noviembre de 1985, para quienes no vivían enterados de asuntos y personajes relacionados con el Derecho y sus Tribunales, Horacio Montoya Gil, era un ser anónimo. En su pueblo, aparte de sus familiares y algunos amigos, si acaso sabían su nombre, y era simplemente alguien que llegaba elegante un par de veces al año.
 
Después de esa fecha en la cual perdió la justicia Colombiana a uno de los hijos que a pesar de todos sus logros apenas empezaba a entregar su sabiduría al servicio de la patria, muchos han empezado a preguntarse, a recordar y a honrar la vida de este hombre que algún día salió de su vereda, descalzo, de pantalones cortos, sin un centavo en los bolsillos y que alcanzó a muchos kilómetros de distancia el más alto sitio al que pueda aspirar un jurista colombiano.
 
Por eso, luego de esa muerte tempranera que se lo llevó con apenas 51 años de edad, ha sido objeto de muchos homenajes. Entre ellos; el Auditorio de la Facultad de Derecho del Alma Mater, y el Palacio de Justicia de Apartadó, llevan su nombre. También cuando se pensó en el bautizo para la Casa de la Cultura de San Vicente, con el nombre de un gran hijo suyo fue escogido el de este magistrado. Y en estos quince años que han transcurrido de su deceso, la vida y obra de este gran hombre han sido objeto de numerosos estudios e investigaciones y hasta su figura está pintada en varios e importantes lugares, por líneas de finos trazos.
 
Además como un homenaje a los consejos que les brindó a sus hijos para que estudiaran hoy todos ellos son profesionales: Beatriz Elena, Tecnóloga en Educación Preescolar, Martha Gilma, Ingeniera de Alimentos, Clara Patricia, Diseñadora Gráfica, Iván Dario, Ingeniero Mecánico y Gloria Eugenia, Abogada y quien emulando a su padre ya es Juez 4ª Civil de Bogotá.
 
Ya las heridas están sanadas. Horacio fue un hombre de paz, conciliador. Por esto, su anciano padre y sus hermanos lamentan que su muerte y la de los otros magistrados no hubiera servido para nada, pues el país no reaccionó y no aceleró un proceso de paz. También, Doña Gilma dice que perdona al M-19, pero si estuviera vivo y se encontrara a Almarales “pasaría indiferente" dice.
 
El 19 de febrero de 2000 fue reconocido como el Sanvicentino del Siglo XX en la modalidad Judicatura. Ese día asistió su esposa y su hija Martha Gilma al Homenaje. “Aunque él hubiera dicho que no lo merecía, se hubiera sentido muy orgulloso de recibir ese reconocimiento de su pueblo y en su pueblo”, comenta Consuelo Montoya.
 
Hoy, es el paradigma para muchos sanvicentinos que sueñan con grandes metas. Así lo comenta el abogado Roberto Jaramillo Marín: “Él fue un campesino como cualquier otro que a pesar de la pobreza y la humildad de su cuna llegó al más alto Tribunal, sin dejar su espíritu campesino y el amor por su tierra”.

San Vicente Antioquia, noviembre de 2000

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