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Un “turco” paisa de pura cepa
Guillermo Zuluaga Ceballos
 

Perfiles, Fernando Valencia


   

Mírelo bien. Tiene las cejas negras. Muy negras y pobladas; y el cabello frondoso y la nariz clavada y prominente.

Responde al nombre de Fernando Valencia. Pero si pregunta por él en bares y restaurante de Medellín, difícilmente den cuenta de su paradero.

Pero si indagan por el Turco, el interlocutor pintará en mente unas cejas, dibujará una sonrisa y dirá que está en un evento o quizá en una cocina.

De no ser por sus cejas que parecen reteñidas por el gran Ricardo Rendón, pasaría inadvertido, como uno más en la lista de exitosos comerciantes antioqueños. Y el Turco lo es. A él se atribuye la fundación del café más exitoso y conocido de los noventas en Medellín: 'Czardas', famoso por su excelente carta, su música en vivo y porque era atendido por el mismísimo hombre de cejas de carbón, por lo que la gente decía “vamos pal café del Turco”, negocio que aún sobrevive en estos tiempos de modas en cuanto a sitios de comida y licor en Medellín.

Además, fue pionero de la Zona Rosa en el parque Lleras, dónde abrió 'Ave María', local que hace 11 años se hiciera famoso cuando en el exclusivo parque estallara una bomba y su local se tornara añicos de vidrio.

El Turco ha jalonado la consolidación de la rumba en la ciudad. Pero él es algo más que un fundador de reconocidos bares y restaurantes. Es responsable de que los antioqueños, regionalistas a ultranza, hasta para el consumo de licor, poco a poco acostumbren sus paladares a los sabores agridulces que le rinden homenaje al Dios Baco.

Y no al Dios Guaro.

Bandeja al tempranillo

Es la mañana de un sábado de junio. Fernando está sentado en su modesta oficina, que ocupa esquina de una inmensa bodega de vinos y licores. Es sábado muy temprano, insisto, y él está pendiente del Día del Empleado, organizado por los trabajadores de Dislicores, segunda gran importadora y distribuidora de licores en Colombia, cuya sede principal está en una avenida céntrica de Medellín.

Fernando es amable, de sonrisa generosa y palabras fáciles. Me da una vuelta por el negocio, me invita a un café oscuro –para él también se sirve- y mientras habla animado del éxito de la empresa en la que labora, suelta que su próximo gran reto es ver que los antioqueños se sirvan una suculenta bandeja paisa acompañada de un buen “tempranillo”.

Eso dice. Y ocurrirá. Basta escuchar acerca del proceso para que los antioqueños se acostumbraran a consumir vino, y se vislumbra que no está lejano el día en que al lado de un chorizo humeante y de unos pesados frijoles con arepa, esté servido un suave o agridulce vino.

-Es posible: yo me sueño una bandeja con un buen tempranillo o un merlot.

Dice Fernando, tan sobrio él, mientras apura el primer sorbo de café.

Perfiles, Fernando Valencia

¡No es leche, es vino!

Transcurría 1995, la empresa Dislicores –con tradición en la distribución de confitería y licores importados- contactó a Fernando Valencia, por entonces exitoso restaurantero y docente de Cocina, con el ánimo de expandir su portafolio hacía los vinos.

Si bien no era un trago suave, no lo pensó mucho y asumió el reto. Por entonces, en Colombia se consumían vinos chilenos, pero la costumbre era el aguardiente. Sin embargo, a punta de ingenio, haciendo gala de la misma capacidad para negociar, comenzó con el proyecto. Lo primero que se le ocurrió para metérsele a la cocina al aguardiente fue la presentación del vino en cajitas (tetrapack). A mediados de los noventas, en Colombia empezó a venderse la leche en estos empaques y ahí Valencia vio la posibilidad. Imitando las cajas de leche, montó carpas en la salida hacia Llanogrande –zona de fincas de veraneo de los estratos altos de Medellín- donde ofrecía vino.

-Dos litros de leche –gritaban desde los carros cuando paraban.

-No es leche, es vino –decía una impulsadora o en muchos casos él mismo.

-No importa; ya paramos, deme dos.

Valencia sonríe al recordarlo. Dice que fue estratégico el empaque por novedoso y por el parecido, pero además porque comenzaron a venderlo muy barato.

Les fue bien, tanto que lo replicaron en otras salidas de la capital. Incluso los imitaron luego otras empresas de bebidas, y al cabo de cuatro años reglamentaron que no se podía vender licor al borde de las vías.

Valga decir que no solo la competencia se fijó en ellos, muchas veces los atracaron.

-No importa –dice y sonríe tan pragmático-: se hizo el trabajo de enseñar a llevar vino.

Del tetrapack a la botella. Y de las carpas a eventos cerrados. Valencia comenzó a ubicar hermosas chicas en hoteles y en grandes supermercados. Jóvenes hermosas regalaban vino y se veían las filas (a lo mejor por aquello de que donde dice “gratis” aparece un paisa). Las amas de casa hacían la cola animadas, pero cuando recibían la copa, se quejaban “qué cosa más amarga”, acostumbradas como estaban a los vinos dulces, moscateles, de fabricación nacional.

No fue un trago tan dulce para Valencia esta experiencia: en el 97, en evento de Turismo en el tradicional Nutibara sirvió sus copitas pero la gente se fue a la fila del aguardiente y del ron. Se quedó servido y tocó recoger.

No les fue bien en la idea de posicionar el vino tinto, tanto así que la competencia se burlaba de ellos:

-Cómo va el Gaté en la huerté, tomando cebollé –le mofaban, en clara alusión a las marcas La Huerta y Gato Negro que por entonces importaban y distribuían.

-Ahí vamos, vendiendo vino baratico.

Dice Valencia y de nuevo sonríe para afirmar que así les contestaban. Y que lo sumieron como un reto para seguir en los restaurantes con sus chicas ofreciendo una copita luego del almuerzo, “desea otra mi Doctor”, y sin disimular su orgullo comenta que aquellos no están en la lista de los 10 primeros y su empresa “trabajando con la fe del carbonero, hoy es líder en Colombia con un 26% del mercado de los vinos.

(El segundo tiene el 9%, una multinacional que mueve el Casillero del diablo).

Valencia apura un sorbo de café y hace una pausa para comentar que en Antioquia es complicado el reto pues el ron y principalmente el aguardiente tiene estatus:

-Viene un presidente del mundo y le ofrecemos guaro así sea en el mejor evento.

Aguardiente que es de machos y para más, es nuestro, ha dicho la publicidad.

-Romper eso es difícil. Súmele el dineral del mercadeo de la FLA. Y que tienen el monopolio de los licores.

Y sin embargo, Valencia insistió. El trago era lento –como se degusta un buen vino- pero no podía haber pausa. Después de los eventos artísticos y de reuniones en hoteles, pasó a un nuevo escenario:

Desde su empresa apoyaban exposiciones y galerías, en el supuesto de que intelectuales y artistas son muy bohemios. !salud!

Y la salud sería su nuevo desafío Se ha dicho que dos copas de vino ayudan a la digestión, que los antioxidantes, que…, Valencia ha sabido escuchar y entonces mandó su tropa de impulsadoras, tan enérgicas, tan atléticas, tan vigorosas y se tomó los eventos de salud. Los médicos, dice, le ayudaron y al lado del aceite de oliva dejaban poner la botella de vino, pues según ha dicho, el vino no es alcohol sino alimento. ¡Vaya maridaje saludable!

-Fui a eventos hasta de botox y repartía la copita de vino al final.

Dice Valencia y sabedor, recuerda que en Europa se lo toman suave –incluso añadiendo un poco de soda-, en vez de jugo. Eso dice y vuelve aquello de nuestra cultura:

-el problema es que aquí destapamos una y nos queremos rascar ya.

Valencia tuvo otro espacio. Quizá pensando en las Copas de su Nacional –allá él- observó que en los triunfos deportivos también cabría una copita para celebrar, y entonces los vinos franceses, los espumosos, son invitados a las fiestas. Tan bien le ha ido, que en los últimos años, los espumosos, son los que más crecen en este momento en el mercado. Crecen como espuma, dirá él, tan experto. Y hasta en las discotecas ya se vende una que otra botella.

Valencia habla de deportes y de fútbol, y los mira más allá de lo competitivo. Le bromeo a propósito que le falta explorar un nuevo nicho de mercado: los chicos que toman vino Chamberlain (mezcla de alcohol industrial, de leche condensada, jugo de naranja, vino) en las afueras de los estadios.

El distribuidor de vinos, se hace el desentendido; se pasa las manos por el cabello abundante y sonríe para cambiarme rápido de tercio, pues dice tener otras apuestas:

-La última tendencia es el vino rosado –trata de cerrar-. A las mujeres, les encanta para irse a tardiar, y es ideal en las sangrías.

En las estrategias de Valencia no todo vale. No apoyan actos masivos y mucho menos, como inquebrantable código de ética, no patrocinan eventos con menores de edad. Podrán disfrutarlo cuando maduren. Como las uvas.


La gente ve qué toman en otros países

Valencia es un hombre de números. Comenta que hace 18 años el consumo per capitá en Colombia era de 0.2 litros al año…”casi nada” mientras en Argentina era de 30 o en Italia de 46-48; después de 20 años estamos en 1.7 litros/año. El 10% de un chileno.

También dice que el vino es la bebida de mayor crecimiento en Colombia con un 40% en 10 años.

Otra prueba es que de su “vino en cajita” a 1.200 pesos el litro, pasó a tener encargos de champaña rosada, de las que reposan en las bodegas, de un millón de pesos largo.

-Ahora vendemos 120 mil botellas de una sola marca: más de un millón de unidades al año.

Dice Valencia y es como si disfrutara con el trago en la bouqué.

-Hoy en el carrito del supermercado, la gente mete la botellita donde antes iba la de ron y de aguardiente.

Valencia le da un sorbo al café, pero no quiere tomarse solo el trago del éxito. Sabe que en este proceso ha contado con aliados, con buenos acompañantes. Las estrategias las desarrolló con otros dos compañeros que llegaron unos años después que él. Pero principalmente su gran aliado fue el de los precios, pues hoy se consiguen buenos vinos chilenos, franceses, californianos, argentinos, hasta de 10 mil pesos cuando hace 20 años valían cien mil.

Pero también lo ha favorecido las reglas de alcoholemia en carros y la gente prefiere alargar una copita antes de tomar el viaje.

También la internet y la tevé por cable ha puesto su parte. La gente ve qué toman en otros países.

-Todos los días vienen a ofrecernos, más que todo los españoles, que con su crisis se abren a buscar mercados.

Un turco muy paisa

Detrás de estas campañas ha estado Valencia Sierra, un “turco paisa” de pura “cepa”. Un hombre que pese a que ha recorrido varios países estudiando sigue con su marcado acento antioqueño. Para entender su éxito como comerciante bastaría contar que desciende de los Valencias de Santo Domingo, la tierra de Carrasquilla, y de sus primos los empresarios López Valencia, y de los Sierra, de Girardota, pariente lejano del acaudalado Pepe Sierra.

Fernando es el décimo en la lista de 11 hijos. Casado y separado. Padre de Sebastián y Simón. Y de María del Mar, en su segunda relación.

Estudió Agronomía en el Politécnico Jaime Isaza Cadavid, pero al ver que en el Urabá mataron a algunos compañeros “practicantes”, optó por dejar los estudios.

De su paso por esa institución le quedó algún saber sobre agricultura, y más que eso su remoquete de “turco”. Siendo estudiante comenzó a vender oro que traía un tío desde las montañas del Nordeste y el Bajo Cauca.

-Me decían que era bueno para vender, como los turcos; y claro, estaba lo de mi nariz y las cejas.

Desde entonces ha sido el “turco Valencia”, el mismo que terminara estudiando Hotelería y Turismo en el Colombo Europeo, donde se graduó hace 25 años.

A lo largo de estos años Valencia ha sido exitoso con sus restaurantes. Sin embargo, su pasión por aprender sigue tan intacta. Actualmente está en tercer nivel del Wine School, de Chile, como Master Somelier y será el primer antioqueño con ese rango entre una docena con en ese nivel en Colombia.

-Me especialicé en vinos y es mi carrera. Pero ante todo un apasionado por la vida sibarita.

En la actualidad, es profesor de Vinos en escuelas e Institutos de turismo y de cocina. Y en Dislicores es el Director de eventos especiales y del área de capacitación.

-Llevo 18 años, ya hago parte del inventario de la empresa.

¡La tapa de la olla!

Al cabo de un par de cafés, uno escucha al Turco y piensa que él habla más con el paladar que con el corazón y la razón.

Y es cierto. Sin embargo, él se siente contento pero admite que el camino ha sido un trago muy seco. Recuerda por ejemplo que hace un par de años, como somelier, llegó al Valle del Cauca y una señora cuando empezó a hablar le sintió el acento y dijo: “Ahora este con qué nos irá a salir; ¡viniendo de la tierra del ron y que a enseñarnos del vino, ah. ¡Esa sí es la tapa de la olla!”

La señora, dice Valencia, estudiaba en una enoteca en Bogotá y venía al curso. Tranquilo, él empezó su charla. Y entre el público había un exembajador en Chile, y lo aplaudió. La señora quedó fría. Luego, el hombre lo invitó a su casa donde tenía 1200 botellas de vino.

-Nadie es profeta en su tierra. Yo comparto con la gente lo que he estudiado. Pero es verraco cuando uno va a empezar una charla y lo descalifican por el acento.

Él es un hombre exitoso sin embargo. Y lo disfruta. Y lo dice. Y piensa que no es pecado disfrutar tanto.

-Es la vida sibarita que nos tocó.

Comenta Valencia, sonríe y ¡tan sufrido! agrega que una de sus alegrías es haberse tomado el vino blanco preferido, el de la Rivera del Duero en España; fue un tempranillo, 12 años, (una botella vale un millón de pesos) en la Casa de Balduero, acompañado de cordero lechal(alimentado solo por leche).

Dice Valencia el mismo que se alegra de saberse socio fundador del Tour Gastronómico y del Café Botero en el Museo de Antioquia, entre muchos otros espacios para la buena mesa. Y para la buena vida, claro está.

Perfiles, Fernando Valencia

Piano, piano, si va lontano

Mírenlo bien, porque Valencia es un hombre de retos y habrá que seguirle el rastro. Como vendedor de vinos sueña con llegar a cinco litros percápita en Antioquia y Colombia. Y desarrollar los espumantes y las champañas.

Pero su mayor anhelo es, como Somelier, maridar la comida colombiana:

-He viajado por todo el país, probando los platos típicos, maridando y recomendando. Creo que en cuestión de años la bandeja paisa, el ajiaco, lo tomaremos con vinos.

Dice Valencia que el día que veamos nuestras comidas acompañadas de un buen vino estaremos del otro lado en el tema del marketing y del consumo.

-La bandeja paisa tiene todas las raíces españolas: frijoles que son garoticas de allá, el cochinillo de ellos, es el chicaharrón, la morcilla es de Burgos, los chorizos que son del Norte y de Alemania. Es nuestro legado. Al que le sumamos un poco de lo indígena nuestro.

Dice tan somelier que todos los caldos se pueden mezclar con vinos: incluso se le puede echar una copita al caldo y queda perfecto:

-¿Qué es consomé al Jeréz? Algo elegantísimo.

Valencia sabe las respuestas. Sabe de sabores y por ello, anhela el día en que no nos avergoncemos de nuestra comida sino que lo apropiemos como lo hizo México, Perú, Italia, que han fusionado.

Dice que en cinco años quisiera ya estar en lo suyo: detrás de una tienda de vinos, carnes maduradas, quesos, recibiendo amigos y vendiendo.

El Turco hace una pausa, para afirmar que lo logrará en muy poco tiempo. Eso dice y no cuesta creer que lo alcanzará.

Y aunque dice que “Piano, piano, si va lontano”, su cometido llegará tan pronto, que cuando lo note ya la champaña de su éxito, habrá dejado de burbujear.

Publicado en EL TIEMPO, junio de 2013

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